LAS DOS FRIDAS


Fotos de Raphael Salazar



The Fridas, KOMOCO (Italia) / 19 de septiembre de 2026, Biomuseo de Amador
y 22 de septiembre de 2026, Teatro Nacional de Panamá


En la propuesta dancística de KOMOCO, se percibe la dualidad vista como la convergencia de dos universos opuestos o complementarios que forjan armonía, estrés o diálogo dentro de una misma obra. No solo en la coreografía que logra esculpir en movimiento el espíritu de dolor y resiliencia del óleo de la Kahlo, sino también en el resultado escénico de las dos performances. 


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EL GRITO DE LA LLORONA



«Mi noche es como un gran corazón palpitante».

Frida Kahlo



Por Brígida Tobón

            La pieza de danza contemporánea The Fridas del grupo italiano KOMOCO parece haber aterrizado en suelo panameño para reafirmar la dualidad que habita en la pintura de Frida Kahlo Las dos Fridas, que es punto de partida de la obra dancística. El cuadro que la artista mexicana creó en 1939 después de la decepción amorosa con el muralista Diego Rivera es un autorretrato que duplica su imagen en espejo: Las dos Fridas sentadas sobre un banco, con las manos superpuestas y el corazón expuesto, observan a un espectador que no existe ahora, que nunca existió para ellas.

            Al igual que en la obra pictórica, The Fridas refleja la compleja realidad emocional que vive un ser humano: dual en el dolor y la alegría, en el amor y el odio, en el movimiento y la quietud, entre el grito y el silencio. Dicotomía que lleva a reflexionar sobre la inexorable condición humana de tener el alma alojada en un cuerpo mortal.

            El Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, PRISMA 2026, en su versión quince tuvo el acierto de programar dos veces el espectáculo The Fridas en espacios diametralmente opuestos: 19 y 22 de septiembre en el Biomuseo y en el Teatro Nacional, respectivamente. Ambas veladas permitieron la inmersión del público en las emociones de Frida Kahlo a través de un montaje de gran belleza y de una coreografía donde la técnica y el virtuosismo de los bailarines merecen gran reconocimiento. Una y otra versión usaron como escenografía una banca, símil a la presente en la obra de Kahlo, desde donde nacieron y volvieron casi todas las acciones.

            En la propuesta dancística de KOMOCO, se percibe la dualidad vista como la convergencia de dos universos opuestos o complementarios que forjan armonía, estrés o diálogo dentro de una misma obra. No solo en la coreografía que logra esculpir en movimiento el espíritu de dolor y resiliencia del óleo de la Kahlo, sino también en el resultado escénico de las dos performances. Estos resultan diversos como consecuencia, en parte, del contraste de los lugares de presentación y por los horarios elegidos (4:30 de la tarde y 8 de la noche); así como por la diversidad del público partícipe, por los efectos atmosféricos usados en escena; pero sobre todo por la relación-comunicación entre bailarín-espectador.

            La coreografía de movimientos reducidos del inicio, intercalados con aquellos más expansivos a medida que avanzaba la pieza, fue semejante en las dos performances. Sin embargo, existieron divergencias en la atmósfera que los acompañaba. En el Biomuseo la iluminación del sol y la exuberancia de los jardines tropicales confirió a la pieza un carácter tropical, más Frida, más fiesta, más día. No había sombras ni secretos. Los bailarines estaban tan cerca que se podía percibir cada detalle de sus gestos, cada gota de sudor derramada, cada pálpito de sus corazones agitados. Fue una experiencia tête-à-tête con un público que pudo meterse muy adentro y conmoverse como si de repente lo asaltara Chavela Vargas  con su canto y su melancolía… Entonces el grito de la llorona retumbó y el corazón palpitante se hizo noche…

            Por su parte, en el Teatro Nacional las luces cenitales y el humo en el ambiente creó un universo distante y más dramático. Los focos invistieron a los bailarines como sacerdotes del dolor y de la dicha mientras se abrazaban, se marchaban y retornaban a su banca, o mientras bailaban juntos para segundos después separarse a evocar reminiscencias.  Pintadas en el claroscuro, se veían a lo lejos las dos figuras danzar en medio de una atmósfera más barroca, desde donde brotaban imágenes que parecieran haber escapado del pincel de Rembrandt  o de Caravaggio. El ambiente en esta versión fue más quimera, más pintura, más silencio. La oscuridad total hizo tránsito entre los cuadros escénicos para que los bailarines cambiaran de posición y de expresión y así despistar al espectador. Como dice Richard Yot: «La luz es la pieza fundamental del arte observacional, al mismo tiempo que la clave para controlar la composición y la narración. Es uno de los aspectos más importantes del arte visual».

            En The Fridas se plantea claramente la otredad. El descubrimiento del otro yo que hace surgir una gama de emociones que acercan, que reyertan. En su danza los bailarines se apoyan, se rechazan; símbolo de la dificultad de la relación del individuo consigo mismo y con el otro. Los cuerpos se unen, las manos se entrelazan, el abrazo espera, como en necesidad interna de ser uno a pesar de la dualidad y del sufrimiento emocional. Los bailarines visibilizan la imposibilidad de alejarse de sí mismos, todo ello expresado a través de contactos fragmentados, de retorcimientos espontáneos, de caídas inconclusas, de temblores controlados, de gestos repetidos, de cuerpos que se relajan y se contraen, que son uno y son opuestos; con una delicadeza en los movimientos que parece hablar de fragilidad. Pero la pieza también dice que el dolor no tiene sexo. Las Fridas son 'masculinos', con su emoción idéntica y universal. 

            La música de la obra viaja entre ritmos y culturas. Del desgarro de la Llorona y la música popular mexicana pasa a las notas ondulantes del flamenco y a otras que parecieran llegar del Magreb. El vestuario de pantalón ancho y blusas con boleros inspiradas en las mismas que vestía Frida Kahlo les confiere a los bailarines un aspecto mutante. A veces son derviches bailando en ronda, o mujeres amish con sus gorras blancas de algodón, o nobles del Siglo de Oro inflados de orgullo y elegancia.

            En conclusión, The Fridas tiene todos los elementos que hacen de ella una pieza de danza contemporánea única, hermosa, imperdible y difícil de olvidar.




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VERSIONES AL VERSE CADA TANTO


Por Fer Beseler

Las dos Fridas es uno de los cincuenta y cinco autorretratos que se hizo la pintora coyoacanense es la imagen que nos ancla, al repetirse, en la pieza The Fridas, la primera de dos puestas ofrecidas la noche de este martes 22 de septiembre en el Teatro Nacional durante esta 15 edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá. 

            El telón rojo del teatro asciende con el apagón previo. Dos luces cruzadas presentan dos cuerpos sentados en una banca. Espalda contra espalda. Uno nos mira, el otro no. La luz cálida hace apagones intermitentes, como suaves parpadeos somnolientos. Cambiando poses, los cuerpos parecen teletransportarse. Son Paolo Piancastelli y Adriano Popolo Rubbio, las Fridas. 

Los vestidos de la pintura de 1939 son reinterpretados: pantalones con vuelo, la de estilo europeo se mantiene monocromática, con blusa de ruchas que desemboca en las mangas y cuello como una flor; la otra, con blusa de mangas bombachas, es celeste sobre un verde oliváceo, similar a su original. El diseño de vestuario de Adriano Popolo Rubbio les acompaña en su fluidez, ternura y fuerza; mientras evoca lo disruptiva que fue del género la artista mexicana Frida Kahlo.

La iluminación de Alessandro Caso es puntual, precisa. Acentúa con luz cálida el tono crema único de la versión futuro, y con celestes, la memoria e introspección de la versión pasado. Por instantes, como con luz de luna, se nivelan los tonos de los atuendos convirtiéndolos en una misma sustancia reflejada. Aunque el diseño lumínico las acompaña, también tiene su propia presencia: como rayo de luz que baja de la ventana más alta en una catedral; o una lluvia de rayos solares que dan la bienvenida a la voz de Chavela Vargas (que canta La Llorona con la carga de su complicada relación con Frida).

En la coreografía de Sofia Nappi hecha con la colaboración de sus intérpretes, siento dualidad y contraste: en un beso que avientan y tratan de atrapar; en una pose cómoda que coquetea con su sensualidad versus el peso anímico de quien fue herida; cuando sus cuerpos forman un entramado de la persona anterior y la actual; en un baile en pareja, cuando se es guía y guiada simultáneamente; cuando miran el reflejo de sus rostros con sus manos como espejos; cuando hacen impulsos que salen bombeando del pecho hasta los dedos; o cuando se persignan; o cuando forman arpegios con las palmas que siguen los acordes de guitarras que escuchamos; o cuando cuidadosamente sus dedos danzan guiándose con las yemas. En todos estos gestos suaves y apasionados siento a Kahlo como ícono de lo femenino y masculino, de la reinvención de sus roles, de la tradición y la identidad, de lo cuir y la bisexualidad, de México y de Latinoamérica; del arte sincero.

Cada cierto tiempo, con sus cuerpos y almas en cercanía, se sientan a recrear la famosa pose del cuadro. Con las manos opuestas de las dos, una descansa sobre la de la otra. Ella se reconoce como su propio apoyo y reconforte. «Somos ambas, estamos en las repeticiones de la artista que regresa a observarse para retratarse en distintos puntos de su vida», parecen sugerir.

Al colocarse unos velos blancos, da la impresión de que las Fridas visitan su infancia y sus movimientos juguetones. Ya se acerca el fin de esta pieza del grupo KOMOCO de Italia. Se despiden con sus manos oscilando con la suavidad de un pincel que aplica óleo. Miran sus manos, luego hacia las butacas. La relación retrato-sujeto es entre ellas y el público.




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Este blog lo edita 
Salvador Medina Barahona
con el apoyo de











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