LA BELLEZA DE LO IMPOSIBLE
Fotos de Raphael Salazar
(Panamá- Italia-Venezuela) / 19 de septiembre de 2026, Biomuseo de Amador
Eleonora Dall’Asta y Ana María Suarez habitan el espacio del Biomuseo sin reservas con sus cuerpos en suspensión o reptando entre cuerdas y arneses que parecen estar adheridos a la piel.
Por Brígida Tobón
Cuando el famoso arquitecto Frank Gehry modeló la maqueta del Biomuseo para la ciudad de Panamá y desarrolló con su estilo único un edificio de estructura deconstructivista con techos metálicos plegados, de formas irregulares y de colores exuberantes que representan la biodiversidad y cultura del país, no imaginó, ni mucho menos intuyó, que doce años más tarde la belleza y levedad de los movimientos de dos bailarinas aéreas darían una nueva estética a su creación. Tampoco soñó que, entre los laberintos de los corredores del edificio, el eco de un coro polifónico viajaría como sombra para sacar del letargo, producto de la humedad y el calor, a decenas de personas llegadas en romería, un 19 de septiembre del año 2026, para apreciar el espectáculo que ofrecía allí PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, en su versión número quince.
Pero llegó ese día. De improviso el aleteo de los colibríes que cotidianamente liban el néctar de las verbenas en los jardines del lugar se hizo invisible. Un coro de nueve voces irrumpió con sonidos de pájaros ancestrales para arrastrar al público hacia el punto cero, inicio de la magia: sobre un muro de más de cuatro metros, tres piernas huérfanas de cuerpo, perceptibles solo desde la rodilla, bailan con sus dedos hacia arriba, llamas encendidas que desconciertan con su soledad. Después se esfuman para dar relevo al rostro de dos mujeres que comienzan a hilvanar su performance de danza aérea en el que cancelan todo principio de gravedad, en el que gritan en silencio que las paredes también pueden hablar.
Vestidas con atuendos semejantes en gris, bailan con y sobre los muros. Con movimientos idénticos se lanzan al vacío acompañadas por la polifonía de notas y lamentos que no cesa, y que a veces suena a barroco y otras a melodías renacentistas.
Eleonora Dall’Asta y Ana María Suarez habitan el espacio del Biomuseo sin reservas con sus cuerpos en suspensión o reptando entre cuerdas y arneses que parecen estar adheridos a la piel. Su danza va oscilando como péndulo entre un punto y otro del espacio y se transmuta en una espiral de movimientos que giran y que te llevan a desdibujar lo que es real de lo imaginario; lo que es seguro de lo aterrador; lo que es vivo de lo inerte.
En ese punto CHIAROSCURO III entra en el universo de la belleza de lo imposible en la cual «la estética y lo existencial que sostienen el valor supremo del arte, el deseo y la experiencia humana no se encuentran en lo que se puede alcanzar, sino en lo inalcanzable». La poesía en la pieza no solo nace en el resultado de lo que se ve, sino también en el estado de pausa y embrujo que provocó su búsqueda. La fugacidad del espectáculo (de apenas 18 minutos de duración) al lado de lo extraordinario de las acrobacias, que acaso exceden la capacidad de comprensión para el público, aterroriza e hipnotiza a la vez, porque lo deja indefenso ante la evidencia de la grandiosidad del universo frente a la pequeñez humana. Ello eleva el valor estético de la obra. «La estética de lo imposible celebra la tensión, la paradoja y el abismo entre nuestro deseo infinito y nuestras limitaciones humanas».
Y entonces ya nunca más el espíritu de Gehry ni su Biomuseo panameño podrán olvidar que dos grandes bailarinas impregnaron sus muros y su piso con sudor y con belleza, mientras un público asombrado veía cómo desaparecían entre las plantas y las piedras, acompañadas por un coro que casi lloraba una composición de Ola Gjeilo para despedirlas.
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)




Comentarios
Publicar un comentario