EL GIRO DE LOS HUESOS - GRAND FINALE DE PRISMA 15


Fotos de Raphael Salazar


Turning of Bones, Gauthier Dance / Dance Company Theaterhaus Stuttgart (Alemania)

26 de septiembre de 2026, Teatro Nacional de Panamá


Tuti Cedeño, nuestra panameña en la compañía alemana Gauthier Dance, estuvo maravillosa. Su presencia tenía una intensidad extraordinaria, pero también una sensibilidad capaz de hacer visible algo íntimo aun dentro de una obra de enorme fuerza física. Había verdad en su cuerpo. Y quiero decirlo así porque fue lo que sentí: no solo destreza, no solo dominio técnico, sino verdad. Pero sería imposible separar su trabajo del de sus compañeros. Una de las grandes bellezas de la noche fue justo el conjunto. La manera en que unos cuerpos hacían crecer a los otros. La confianza necesaria para abandonarse, sostenerse, lanzarse, recibir el peso ajeno; esa extraña intimidad que puede crear la danza cuando el cuerpo de otro deja de ser un límite y se convierte en territorio compartido.




La preservación de la memoria en el giro de los huesos 


Por Andrea Puerta Salgado


            «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes», escribió Jorge Luis Borges en su poema «Cambridge». Turning of Bones, de Akram Khan, parece llevar esa frase hasta las últimas consecuencias. La obra, presentada el 26 de septiembre de 2026 en el Teatro Nacional de Panamá, como parte de la decimoquinta edición de PRISMA­–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, comienza con un sonido parecido al viento, aunque también podría ser el roce de algo que se mueve entre las piedras. Antes de llegar a los cuerpos, es como si estuviéramos escuchando las almas preparándose para el viaje temporal.

            Aparecen los intérpretes sentados como una comunidad detenida en el tiempo. Luego llega una pareja. Son foráneos y observan un mundo cuyas reglas desconocen. La primera frase, «I must die, you must live» («Yo debo morir, tú debes vivir»), nos plantea una paradoja: alguien debe morir para que otro pueda vivir, recordar y contar. La obra parte del Famadihana, antiguo ritual malgache en el que los restos de los antepasados son exhumados, envueltos nuevamente y celebrados mediante la danza. El título, Turning of Bones, puede entenderse como «girar los huesos», pero también como volver sobre aquello que creíamos enterrado, es decir, olvidado. «Girar los huesos» es cambiar de lugar a los muertos y, con ellos, cambiar de lugar la memoria.

            Esa relación con los muertos conduce también a la piedra, que se convierte en el gran centro de la obra. La historia humana podría escribirse, en parte, como una historia de nuestra relación con ella. El descubrimiento de que una piedra podía ser golpeada contra otra y transformada en filo modificó radicalmente nuestra existencia. La piedra se convirtió en herramienta, arma e instrumento de supervivencia. Después fue muro, refugio, monumento, altar y tumba. Con ella construimos ciudades y enterramos muertos. La misma materia que nos permitió cortar, cazar y defendernos permitió también erigir templos y conservar nombres. Por tanto, la piedra es una de las primeras tecnologías humanas, pero también uno de nuestros primeros objetos culturales. Sin embargo, en la obra, es algo más: es territorio, autoridad y tradición. Estaba allí antes de que llegaran los cuerpos.

            El líder representa ese orden. Su poder no depende siempre de la fuerza; basta con que los cuerpos hayan aprendido a obedecer. Hay algo de Foucault: el poder más eficaz es aquel que termina instalado dentro del cuerpo. La mujer extranjera aprende los movimientos de la comunidad y, precisamente al aprenderlos, comienza a transformarlos. El movimiento se contagia. Lo que parecía obediencia se convierte en rebelión. Para cambiar un orden primero hay que cambiar la manera en que los cuerpos se mueven dentro de él.

            La escena en la que el líder dice «I am Abraham» («Yo soy Abraham») profundiza todavía más esta hipótesis. El sacrificio de Isaac introduce el viejo problema de la obediencia llevada hasta el límite: ¿quién decide que una muerte es necesaria? Por supuesto que no necesitamos una respuesta explícita, basta con plantearlo para que el ritual deje de pertenecer únicamente al pasado. 

            El cuerpo del hombre se transforma; la pintura negra dibuja sobre su cabeza otro rostro y su movimiento comienza a parecerse al de un pájaro. La imagen se vuelve kafkiana. Un cuerpo no coincide con la identidad que los demás le habían impuesto. Pero aquí la metamorfosis no termina en el individuo. Los otros empiezan a imitarlo. Imitan los movimientos que realiza con sus brazos. Todos se transforman en pájaro. La transformación se vuelve colectiva y aquello que primero parecía una anomalía comienza a convertirse en una posibilidad para los demás.

            Por eso los huesos adquieren su verdadero sentido. El hueso es aquello que queda cuando la carne desaparece. La piedra está fuera del cuerpo; el hueso, dentro de él. Ambos resisten al tiempo y ambos pueden convertirse en memoria. Uno pertenece a la tierra; el otro alguna vez perteneció a alguien. Cargar una piedra y cargar a nuestros muertos puede que no sea tan distinto. En ambos casos llevamos con nosotros algo que existía antes. La piedra conserva la memoria desde afuera; el hueso la conserva desde el interior del cuerpo.

            La danza, sin embargo, trabaja en dirección contraria. El bailarín levanta un brazo y, cuando lo baja, ese movimiento pertenece al pasado. La danza parece ser el lenguaje perfecto para hablar de la muerte. Es, por naturaleza, el arte de la pérdida. Todo movimiento nace condenado a desaparecer. Turning of Bones habla de la memoria, pero es más bien un acto de memoria. 

            Al final, la frase cambia: «If I must die, you must live to tell my story» («Si debo morir, debes vivir para contar mi historia»). Deja de sonar como una advertencia y suena como un legado. La mujer queda frente a la sombra del hombre, separados por un telón transparente. Sus manos intentan encontrarse. La imagen recuerda a Orfeo y Eurídice, aunque aquí el mito está invertido: no es quien desciende al mundo de los muertos quien intenta recuperar al ausente, sino quien permanece viva quien intenta alcanzar lo que no puede volver como cuerpo. Solo queda una sombra y una humana desesperada por recuperar lo perdido. 

            Turning of Bones es una obra sobre impedir que los muertos desaparezcan por completo. Nuestros muertos continúan con nosotros en nuestros gestos, en nuestras palabras, en las historias que repetimos y en lo que hacemos sin saber que alguna vez lo aprendimos de ellos. La memoria no los conserva inmóviles; los vuelve a poner en movimiento dentro de nosotros. 

            Alguien debe morir. Alguien debe vivir para contarlo. Alguien debe recordar. Alguien debe bailar. Alguien debe poner los huesos a girar. En este instante, ahora. Hasta que el alma deje la carne y baile en el más allá.







La memoria arde en el cuerpo

Una noche en la 15.ª edición de PRISMA­–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá


Por Julia del Carmen Regales Argudo, pluma invitada



            Anoche, sábado 26 de septiembre de 2026, en el Teatro Nacional de Panamá, dentro de la programación de la 15.ª edición de PRISMA­–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, no sentí que estuviera simplemente frente a una obra de danza contemporánea. Sentí que algo ocurría también dentro de mí.
Turning of Bones, creación de Akram Khan para Gauthier Dance de Alemania, fue entrando poco a poco por los sentidos (por el oído, por la mirada, casi por la piel) hasta tocar uno de esos territorios interiores donde las palabras llegan tarde. Hay experiencias que primero se comprenden con el cuerpo. Después, quizá, uno consigue pensarlas. 

            Desde los primeros momentos tuve la impresión de encontrarme frente a una memoria mucho más antigua que mi propia memoria. Algo ancestral, de comunidad tribal con un ritual que se movía sobre el escenario. No como evocación distante ni como representación de un pasado, sino como presencia. Como si los cuerpos de los bailarines supieran cosas anteriores a ellos mismos y por momentos parecieran evocarlas y, en otros, tratar de borrarlas. Como si en los músculos, en los huesos, en el modo de tocarse, separarse, caer, levantarse, arrastrarse o buscarse sobrevivieran historias que nadie había terminado de contar. Y aquello me conmovió profundamente. Porque todos llevamos dentro mucho más de lo que recordamos. Llevamos afectos que comenzaron antes de nosotros. Miedos cuyo origen desconocemos. Formas de amar, de protegernos, de desear, de huir. Lealtades misteriosas. Pérdidas antiguas. Tal vez hasta gestos que alguna vez pertenecieron a otros. Hay una memoria que no necesita relato para existir porque encontró otra casa: el cuerpo.

            Eso fue lo que sentí viendo Turning of Bones: que la memoria ardía en los cuerpos. El título mismo remite al Famadihana, ritual malgache de memoria y reconexión con los ancestros que inspira la obra. Lo ancestral, lo sagrado y la pasión aparecían entonces profundamente unidos. Y lo sagrado no estaba arriba, separado de la materia. Estaba justo allí: en la respiración agitada, en la tensión de una espalda, en unos brazos que sostenían otro cuerpo, en la caída, en la resistencia, en el deseo, en la cercanía y también en la violencia de ciertas separaciones. Era una sacralidad de carne y hueso. Eso me pareció extraordinariamente hermoso. Hubo momentos en que los cuerpos parecían amarse, combatir, protegerse, invocarse, rechazarse, reconocerse. Los vínculos tenían una intensidad que desbordaba cualquier argumento posible. Uno no necesitaba saber con exactitud qué historia estaban contando porque la emoción y la música llegaban antes que cualquier explicación. Y, cuando una obra logra que primero sintamos y solo después tratemos de comprender, entra en otro territorio del arte.


            La música fue espectacular. Pero decir solo que acompañaba la danza sería reducir lo que allí ocurría. Música, sonido y movimiento formaban prácticamente un solo organismo. Los efectos sonoros penetraban los cuerpos; les daban impulso, tensión, gravedad, amenaza, deseo. Y los bailarines, a su vez, parecían devolver el sonido transformado en movimiento. A veces era imposible saber quién conducía a quién. ¿Era la música la que provocaba aquel estremecimiento del cuerpo o era el cuerpo el que parecía producir la música? Esa frontera desaparecía. El sonido adquiría piernas, espaldas, brazos, respiración. Y el movimiento, de pronto, podía escucharse. Yo misma, sentada en la butaca, sentía muchos de esos impactos y me volvía parte de todo.  Había vibraciones, movimientos que no terminaban en el escenario. Llegaban hasta nosotros. La obra rompía esa frontera en apariencia segura entre quienes interpretan y quienes observamos. Por momentos ya no estaba contemplando algo que les sucedía a otros: estaba participando emocionalmente de aquel estremecimiento casi ritual.Y eso es muy difícil de conseguir.

            Tuti Cedeño, nuestra panameña en la compañía alemana Gauthier Dance, estuvo maravillosa. Su presencia tenía una intensidad extraordinaria, pero también una sensibilidad capaz de hacer visible algo íntimo aun dentro de una obra de enorme fuerza física. Había verdad en su cuerpo. Y quiero decirlo así porque fue lo que sentí: no solo destreza, no solo dominio técnico, sino verdad. Pero sería imposible separar su trabajo del de sus compañeros. Una de las grandes bellezas de la noche fue justo el conjunto. La manera en que unos cuerpos hacían crecer a los otros. La confianza necesaria para abandonarse, sostenerse, lanzarse, recibir el peso ajeno; esa extraña intimidad que puede crear la danza cuando el cuerpo de otro deja de ser un límite y se convierte en territorio compartido. Cada intérprete tenía presencia y, sin embargo, ninguno parecía bailar solo. Había comunidad, conflicto, deseo. Comunión aún en los momentos dolorosos en los que se sentía que algo se iba o se estaba rompiendo. Una fuerza colectiva que hacía que cada individualidad adquiriera todavía mayor intensidad.


            Quizá por eso salí tan conmovida. Porque Turning of Bones me hizo pensar  (o quizá sería más exacto decir sentir) que el ser humano nunca termina en sí mismo. Somos también quienes nos precedieron, aquellos que amamos, aquellos que perdimos, los que aún están; y somos también las experiencias que nuestros cuerpos aprendieron aun cuando nuestra conciencia ya no pueda nombrarlas. Somos presencia, somos huella y carne habitada por tiempos diferentes. Y la danza, cuando alcanza esa profundidad, puede acercarnos a ese misterio mejor que muchas explicaciones. Un cuerpo inclinado, una respiración, un silencio antes del movimiento pueden decir de pronto aquello para lo cual necesitaríamos páginas enteras.

            Anoche encontré una belleza así. Delicada y tremenda. Sensual y sagrada. Antigua, absolutamente viva y ritual. Una belleza que no buscaba tranquilizar, sino tocar algo profundo; recordarnos que debajo de nuestras vidas ordenadas continúa existiendo ese territorio primero donde amor, miedo, deseo, pérdida, memoria y pertenencia todavía hablan el mismo idioma. Por eso, al terminar la función, no tuve la sensación de que todo hubiera concluido con el último movimiento. Algo permaneció. Salí del Teatro Nacional todavía acompañada por la música, por imágenes, por cuerpos suspendidos en mi memoria. Y durante un rato tuve esa rara sensación que dejan las experiencias artísticas verdaderas: la de haber sido tocada por algo que no termino de comprender y que gracias a ello continúa trabajando en mi interior. Turning of Bones fue una experiencia de comunión entre cuerpo, música, memoria y misterio. Una obra que no solamente vi. La sentí, y la danza sigue dentro de mí.







Dioses y evocación 

Por Brígida Tobón


«Los rituales son en el tiempo lo que la morada es en el espacio». 

                                           Antoine de Saint-Exupéry



            Al inicio de los tiempos todo era absoluta tiniebla, nada cierto, la oscuridad no era noche, porque la noche aún no existía; era el océano infinito, el que contenía todos los elementos del cosmos. No había vida ni muerte. No existían ni el Cielo ni la Tierra.  El espíritu del mundo se hallaba disperso en un caos, la nada... Después nació Helios, el dios sol. Al inicio del tiempo todo era absoluta tiniebla, nada cierto, la oscuridad no era noche, porque la noche aún no existía, era el escenario infinito, en el que dormían personajes; danza y posibilidades aún invisibles. No había movimiento ni quietud. Solo mudez. El espíritu del arte se hallaba disperso en el silencio, en las sombras... Después nació la luz.

            Hacer un paralelismo entre el mito heliopolitano de los egipcios antiguos sobre el inicio de la creación del mundo con el ritual que acompaña la creación de una obra escénica es posible. Ambas parten de la oscuridad y se transforman en movimientos y luz. Ambas brotan de la capacidad creadora y de la transformación de ideas y elementos. Ambas conllevan emoción y sensibilidad. Ello permite comparar la simbología entre los dos eventos, y máxime cuando se trata de un espectáculo de la talla Turning of Bones de Akram Khan, un ritual poético que oscila entre lo real y lo mitológico. 

            La pieza dancística de Gauthier Dance / Dance Company Theaterhaus Stuttgart (Alemania) fue presentada como cierre de la decimoquinta edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá el sábado 26 y el domingo 27 de septiembre en el Teatro Nacional.  En Turning of Bones quince bailarines crean durante más de una hora una atmósfera llena de misterio, mística y perfección. El inicio de la obra es una penumbra con un círculo de sombras humanas y una voz en off que dice: «I must die, you must live» («Yo debo morir, tú debes vivir»).

            El escenario cubierto con telones gris oscuro ofrece un ambiente de caverna milenaria donde los sacerdotes se reúnen a invocar a los dioses del fuego y de la tormenta. La luz hace más tenue la penumbra para que la imagen de los bailarines arrodillados en el centro de la escena se revele. Delante de ellos una pareja vestida de negro baila con una piedra que son huesos. El rostro de la mujer ha sido marcado con grasa oscura, tal vez con alquitrán. Es la aceptación en la cofradía, en la manada. Él no tiene marcas. Es rechazado desde el inicio. Ellos buscan estar juntos. Durante toda la puesta, ella lo acompaña, lo empuja, lo lleva hacia sí… La piedra-hueso es tomada por el grupo. Se escuchan risas en off. El misterio crece. Los bailarines de la ronda giran, se arrodillan, se agrupan para bailar con los huesos. Vestidos con blusas largas, verdes y azules, que caen sobre sus pantalones estrechos, al estilo hindú, vuelan como si fueran derviches o como si el espíritu de algún monje budista les hubiera encarnado. El líder se manifiesta. Es el más alto, el más fuerte, el más determinado. Todos lo siguen y respetan. Su rostro y mueca, que es remedo del de Mefistófeles, escultura de Gustav Eberlein, homenaje a Goethe, genera el mismo desasosiego. 

            Akram Khan creó Turning of Bones inspirado en el ritual malgache Famadihana (la «vuelta de los huesos»), con elementos de sus creaciones anteriores más famosas, como Vertical Road, iTMOi, DESH, Jungle Book reimagined y Mud of Sorrow. La Famadihana es una ceremonia tradicional funeraria de exhumación de restos que se celebra cada cinco o sietee años y es conocida como el «regreso de la muerte» o el «giro de los huesos». Practicada principalmente en el pueblo Merina en Madagascar, «las familias desentierran los restos de sus antepasados, los envuelven en telas nuevas (lamba) y bailan con ellos. Es un acto de memoria, respeto y reconexión espiritual para permitir que el alma del ancestro evolucione antes de volver a envolverlo». La costumbre, basada en la creencia de que los espíritus de los muertos se reúnen finalmente con el mundo de los antepasados después de la descomposición completa del cuerpo, ha sido acompañada de ceremonias pertinentes.

            La coreografía raya en la perfección. El sonido y las luces son capaces de crear un ambiente asombroso para narrar las creencias y misterios tradicionales de los pueblos. Turning of Bones es una pieza que se balancea entre el arte, la antropología, el misticismo y la reivindicación de las culturas. Los bailarines reverencian los huesos, en grupo o por separado. También lo hace la pareja a la que impiden permanecer unida. Hay movimientos en conjunto de tribu, hay hermosos solos. A veces bailan como fieras encerradas en grutas, o en rondas que asemejan competencias. Hay caídas y ascensos. Resurge la imagen de la secta que adora a sus muertos. Los tocan y purifican. Pintan la cabeza calva del joven enamorado con una nueva cara, que él mueve y sostiene con sus manos. Todos se burlan, pero él continúa con su danza, con su personaje de caricatura, mientras se escucha el aleluya que lo invita a volar. Él trata de volar. Vuela. Todos lo siguen y vuelan. El antiguo líder Mefistófeles es por el momento abandonado.

            «El enfoque coreográfico prioriza el movimiento interno y visceral por encima de la proyección puramente externa, manteniendo el sello característico de Akram Khan: la combinación de la fisicalidad moderna con una fuerte carga narrativa y de origen tradicional». En ella, la danza está profundamente influenciada y fusionada con las raíces de la danza clásica de la India (como el Kathak), con el golpeteo de los pies y el balanceo de las manos.

            La música que acompaña la coreografía es potente. Como un metrónomo marca el ritmo, el tempo y la intensidad de la pieza. Con su tema «Insirgents», Aditya Prakash es protagonista. También resuenan temas musicales en otros géneros e idiomas, como músicas y cánticos sagrados o una bellísima canzone italiana que pregona todo el dolor que produce el sufrimiento. Entre tantos sonidos y voces en off se escucha repetidamente la palabra ‘sacrificio’.

            En fin, la danza Turning of Bones es más que nada un viaje espiritual, una evocación a los dioses, a la tierra y a los muertos.


…Aquellos que han muerto no se han ido nunca

Están en la sombra que se alumbra

Y en la sombra que se espesa
Los muertos no están bajo la tierra
Están en el árbol que se estremece
Están en la madera que gime
Están en el agua que corre
Están en el agua que duerme
Están en la cabaña, están en la multitud
Los muertos no están muertos…

                                                Birago Diop


            ¿Será que nuestros sueños pasados tampoco se han ido? ¿Dónde están y a quién pertenecen ahora? ¿Acaso danzan los bailarines de Turning of Bones mi anhelo en una vida pasada de bailar mientras evocaba a los dioses?













Este blog lo edita
Salvador Medina Barahona
con el apoyo de





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