A BODY AND OTHER OBJECTS y el taller de escritura de la danza


Fotos de Raphael Salazar



Hacedor de vínculos


Sorprende a veces a alguna gente que se pueda escribir tanto sobre una misma pieza, y que los que se lancen a ello no vayan a repetirse sin antes haberse puesto de acuerdo a reservarse áreas, como quien se reparte un territorio. Esta misma primera frase exige ya un par de aclaraciones. En primer lugar, la pieza no es la misma para todos, pues toma sentido en cada cronista por su bagaje: al menos dos mundos interactúan en el encuentro, y cada escrito resultante nace de esta unión entre cuerpos llenos de significado como un descendiente más colmado de sentido. En segundo lugar, no se trata de reservarse, sino de darse. Escribir en estado crítico implica no guardar la ropa antes de tirarse a la piscina. Es riesgo y entrega a corazón abierto, por mucho que la cabeza deba ejercer de guardiana, suministrar las coordenadas del viaje que emprenden las frases y controlar el mapa. Pero la pasión no es ningún aderezo fortuito, un lujo circunstancial, sino el agente provocador de la escritura. Por profesional que sea nuestra formación, se remunere o no nuestro trabajo, una vez se escribe o se es entusiasta y amateur en su sentido más puro o no se es nada. 

Voy a intentar expresarlo en panameño, con sus referentes, a ver. La escritura crítica es un canal y un viaje de exploración por tierras incógnitas. Es un canal de conexión entre océanos varios de conocimiento y un viaje con sus impresiones y emociones, las ideas que concita, los descubrimientos, los júbilos y eurekas, las decepciones. Por ello, la humildad y la sutilidad deben aunarse con el rigor y la responsabilidad. Cuando estos días la corpoescritora colombiana Brígida Tobón me mostró los colibríes en la espléndida vegetación que rodea el Biomuseo, ave que yo solo había contemplado en los libros y en la pantalla, pensé que la escritura crítica debía plantearse precisamente así, con la misma ligereza intensa que el vuelo del colibrí: sutil y casi invisible, pero bella, certera y precisa, para integrarse en la arboleda artística sin apenas hacerse notar, sumada con respeto al ecosistema escénico, así complejo, rico y vivo, así completo, con cada interlocutor jugando un papel esencial.

Al presentarles ahora las distintas aportaciones surgidas del plural taller de «escrituras de lo efímero» a raíz de la obra A Body and Other Objects, de Ana Jordão y Vincent Kollar, también nosotros podríamos afirmar aquí –como hizo Borges en 1960 en su epílogo a El hacedor– que nada «es tan personal como esta colectiva y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos y en interpolaciones». El hacedor avanza a ciegas como Homero y el relato hila sus palabras. La unidad ni se hereda ni se lega. La unidad se batalla y construye cada día, en un mundo en el que –como escribió el filósofo parisino Guy Debord– «la escritura araña la entropía como una cucharilla de café el muro de la prisión». En este intento íntimo y humilde de alcanzar algún tipo de orden, la escritura crítica ejerce de Penélope: teje y desteje, propone y se corrige, con propuestas necesariamente provisionales, abiertas al diálogo, que esperan el gozo de la vuelta del sentido. ¡Menuda odisea!

El cronista mira y ve, se admira y fabula, y como hacedor crítico propone y contribuye a impulsar vínculos desde la diferencia: establece relaciones y conexiones entre unas partes de las obras y otras, entre esa obra y las demás, entre distintas cosmovisiones y perspectivas. Lo verán aquí, con recepciones varias de la pieza que intentan reflejar qué nos aportan las obras, qué buscamos en ellas y qué les sumamos nosotros. Un «nosotros» que por supuesto les incluye, si se sienten espectadores conscientes y activos. PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá les espera. Para que vean, comparen, se sientan interpelados y decidan pronunciarse. Los talleres necesitan también de ustedes para que, remozada y nueva, esta cucharilla de café no fracase roma ante el muro.

        Joaquim Noguero Ribes




A BODY AND OTHER OBJECTS

Dirección artística: Ana Jordão.
Interpretación: Ana Jordão y Vincent Kollar.
Diseño sistema de cuerdas y objetos: Vincent Kollar.
Asistente coreográfico: Yotam Peled
Música y diseño sonoro: Fabian Laute.
Diseño de luces: Boy den Boer.

XIELO, 19 de septiembre de 2026




¿Puedes contar conmigo?


Por Freddy Josué Araúz

«Que recordarás las tardes de invierno por Madrid, / las noches enteras sin dormir…» era la canción de La Oreja de Van Gogh que resonaba repetitivamente en mi cabeza mientras observaba A Body and Other Objects, de Ana Jordão y Vincent Kolla. «Puedes contar conmigo» fue la oración que articuló mi propia lectura de esta pieza que, lejos de ser una escena de un episodio romántico de telenovela, encontró en la complicidad y la confianza los pilares fundamentales para pavimentar un terreno de aterrizaje seguro para la esencia etérea de la obra de la que fuimos testigos todos los presentes la noche del sábado 19 de septiembre de 2026. 

Una fila considerable de público era lo primero que te recibía a las afueras del recinto. Y es que XIELO se vistió con sus mejores galas para quedar a merced de una pieza que invitaba a enredarse en su mundo de cuerdas. Cuerdas que parecían convertirse en un lienzo capaz de atrapar, unir y liberar lo poco o mucho del peso corporal y de las cargas emocionales de quien tirase o se soltase de ellas. 

Apenas entrabas, ya eras parte de su propuesta: un ecosistema sombrío, de pocas luces y escaso humo, como una madrugada densa a la espera del sol naciente. Podrías pensar que ese sería el hilo conductor de toda la obra. Sin embargo, el factor inmersivo-educativo terminó cautivando a la audiencia. Porque ¿quién diría que lo que consideramos una simple cuerda puede soportar hasta cuatro toneladas o, incluso, el peso de un elefante? Ja. Vaya dato. 

El arte circense fue el gran invitado y, al mismo tiempo, protagonista de toda la pieza. Las suspensiones y el trabajo de partnering —trabajo de danza en pareja— fueron ese detalle que puso los puntos sobre las íes. Y es que poder contar con alguien que cuide, sostenga y permita este tipo de trabajos no es una tarea sencilla. 

Perfectas pinceladas musicales y luminotécnicas acompañaron cada cue, aportando al magnetismo físico-artístico del rigging capilar, una técnica circense de suspensión que, sí, implicaba que uno de los intérpretes colgara literalmente de su cabello. ¡Incluso ella pudo contar con su propio cabello para semejante hazaña! 

De esta pieza, seleccionada para la decimoquinta edición del PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, me llevo una idea que trasciende la escena: para poder contar con alguien, primero debo permitirme desplomarme por completo. Solo así puedo encontrar, junto al otro, la medida exacta para suspenderme y elevarme. 

No importa cuántas veces te sientas maniatado. Levantarse y, literalmente, sacar los pies del piso no es tan imposible cuando sabes que hay alguien dispuesto a sostenerte. 

Quizás esa sea la verdadera cuerda que propone la pieza: aquella que no vemos, pero que se construye entre dos cuerpos cuando existe confianza suficiente para soltar el peso y permitir que el otro te eleve.





La cuerda que me retiene y que me da libertad


Por Esther M. Arjona

Las luces se encienden y, entre la niebla, Ana Jordão aparece sentada en el escenario. Sus cabellos la unen a una cuerda que cuelga desde arriba. Empieza a moverse desde ese eje. No puede alejarse mucho; limita el movimiento, pero también te puede liberar. 

Esa cuerda es también protagonista en A Body and Other Objects, pieza de Ana Jordão y Vincent Kollar que se presentó el sábado 19 de septiembre en XIELO, estudio de danza; parte de la oferta de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá que este año cumple su decimoquinta edición. 

Aparece en escena Vincent Kollar, más cuerdas, mosquetones, poleas… aparejos que multiplican las posibilidades. Ella puede moverse, también lo mueve a él. Ella se eleva, trepa por la cuerda, y la cuerda la suspende en el aire. Vincent controla y, a veces, se descontrola. El entusiasmo tiene también sus consecuencias. Finalmente, con los movimientos adecuados y el necesario dominio, los movimientos fluyen. 

Jordão y Kollar nos recuerdan con su interacción que, a mayor tensión, más control; pero a mayor relajación se logra más libertad. El principio con el que actúa un objeto lúdico como el atrapadedos se traslada a las agujas de empalme que el dúo utiliza en su obra, e ilustra las características que dan forma a la danza contemporánea con la técnica Graham (contraction, release), lo que sumado a los elementos circenses da como resultado una pieza en que la rigurosidad de la ciencia cede paso al asombro.

¿Es el cuerpo un objeto manipulable? Parece ser una pregunta fundamental para estos bailarines. ¿Hasta qué punto nuestras decisiones llevan a la acción de otros? Esta exploración la realizan Ana Jordão y Vincent Kollar a través de la suspensión capilar, una técnica circense que sumada al rigging y un toque de ilusión nos lleva a un escenario fantástico en el que el tiempo parece detenerse y los cuerpos, volar. 

El público participa en esta obra cuando Jordão muestra a todos cómo la cuerda, al perder tensión, es más manipulable. Sin la tensión debida, la cuerda no sería capaz de sostener un cuerpo. También nos recuerda que esa misma cuerda es capaz de levantar cuatro toneladas, el peso de un elefante. Esa cuerda que parece amarrar y controlar es muy sencilla de desatar. 

La música y diseño sonoro de Fabian Laute nos llevan desde sonidos que semejan el crujir de las cuerdas a ritmos más enérgicos en momentos clave. El diseño de iluminación, muy sencillo al inicio, es vital en el final sorpresivo. 

Con fluidez, el espectáculo presenta como algo muy sencillo el resultado de una exploración de años. Así lo explicó la pareja en el conversatorio posterior a la obra. La mecánica y la física aportadas por Kollar se suman a los movimientos etéreos de Jordão para lograr una obra que mezcla ilusión y mucha técnica.

Y esto, como bien lo manifestó Jordão, solo se logra construyendo confianza; un pacto que se logra a fuerza de trabajo y tiempo.





Afloja y vuela


Por Fer Beseler

Tras los aplausos a la directora artística e intérprete Ana Jordão y a su compañero de escena Vincent Kollar, este señala a la soga que cuelga en el centro y su sistema de rigging, como si fuera un tercer intérprete que meció de sus cabellos a Jordão durante una hora en A Body and Other Objects, obra que forma parte de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea en su edición número 15.

Cerca de las 8:00 p. m. entramos a XIELO, donde habremos de contemplar lo más cercano al vuelo humano. Este sábado 19 de septiembre una de las voluntarias nos recibe entregando a cada quien una trampa china para dedos, conocido juguete tejido, irresistible para algunos que decidimos ligar ya nuestros dedos índices mientras esperamos el inicio de esta pieza que mezcla circo contemporáneo y danza, sin saber aún que el truco nos mostraba un poco de la ciencia-magia que había detrás del espectáculo.

De lo oscuro de la sala, surge un sonido como de grillo o máquina. Ella aparece tenuemente. De estar arraigada al piso comienza a desafiar la gravedad con tropezones livianos que no concluyen, y, mientras se balancea, él aparece halando una soga, que al romperse le envuelve como chal o culebra que le constriñe. Absorbe de la soga su inercia y ella con ternura trata de animarle. Sus manos se sincronizan y, seguido, su dinámica.

Ana gira y flota, como en agua invisible, y se desliza en el aire como un péndulo gigante. De su fuerza capilar sale en perpendicular una soga casi imperceptible, como un pensamiento alerta. Su cuerpo gira en el aire con total libertad, acompañado de un sonido parecido al de una ruleta de feria. En cambio, Vincent utiliza sus manos para relacionarse con las cuerdas: jala fuerte, forma triángulos que mutan los grados de sus esquinas al girar, o genera péndulos que juegan como yoyos. Incluso hace que la soga adquiera la rigidez de una batuta o vuele o la velocidad de una honda que silba fuerte; lo que en la primera fila produce risas y miradas nerviosas de quien reconoce un riesgo en el entretenimiento.

A pesar del distinto vínculo a las sogas, ambos intérpretes se encuentran en un punto medio y son soporte mutuo, evitando caídas con el peso de él y lo etéreo de ella. Juntos son un velero humano o tienen lo juguetón de una piñata que baila. Las cuerdas les envuelven, les amarran, pero también les protegen y son canal que les comunica. Este intercambio de energía se entrelaza y, como el trenzado helicoidal del juguete, se hace más fuerte y delgado a mayor tensión y fuerza. Ahora un hilo rojo y, ya rodeados de sogas, ella vuela frenéticamente, navegando entre relámpagos sobre una soga verde fluorescente que se mueve como las olas durante una tormenta, o simula el trazo de un ecualizador de música electrónica que explota hasta el oscuro.

Durante la pieza explican la ciencia del empalme. Del público piden prueba de su aguante: intérprete y espectador jalan fuertemente. «Aguanta cuatro toneladas, o un elefante», dice, y hay risas de sorpresa. Alguien más probó lo sencillo que es soltar el amarre de la cabeza. Nos han enlazado. 

Luego de los aplausos, en un breve conversatorio, nos preguntamos si nuestro cabello aguantaría y si nuestra mente se soltaría. Nos terminan de revelar detalles técnicos sobre su investigación y entrenamiento. Y, aun así, sentimos que les vimos volar con magia.






Comunión aérea: cuerpos, mentes, sogas y cabellos


Por Ximena Eleta de Sierra

A nivel de piso y con luz tenue, Ana Jordão abre su pieza A Body and Other Objects en el marco de la 15 edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá. Sus movimientos sutiles van adquiriendo una ligereza cada vez más improbable, hasta convertirse en inverosímiles. Aunque sabemos que esta bailarina aérea de origen portugués y radicada en Alemania realiza suspensión capilar, la oscuridad y la cámara negra de detrás borran los mecanismos en su cabeza y nos dejamos llevar por el embrujo: Ana vuela.

Una banda sonora creada por Fabian Laute da vida a la pieza desde un principio. Sonidos metálicos y notas agudas suspendidas se combinan con gemidos de fibras naturales en tensión y ritmos percutidos de música electrónica para ayudarnos a entrar en ese mundo de física poética (parece un oxímoron, pero no lo es).

Entra Vincent, quien hace volar una soga y después carabineros atravesados por otra, con una destreza que delata cientos de horas de práctica. El bailarín alemán, que empezó su carrera circense como malabarista, ata nuestra mirada a su soga. De ahí en adelante Vincent divide su tiempo entre hacer trucos visuales y formas geométricas con sogas distintas y «manipular» las subidas y bajadas de Ana, incluyendo una escalada claramente dolorosa con los dedos de los pies sobre un corde lise.

Y es que en esta pieza, como en el circo y en algunas prácticas religiosas y sexuales, hay una relación cercana entre el dolor y el placer. Resulta obvio que existe un nivel alto de «molestia» cuando cada hebra de cabello se templa para suspender todo su peso en el aire; pero Ana nos cuenta en el conversatorio posfunción que ella logra distraer el dolor llevando su consciencia al sentido de levedad, y que experimenta casi el éxtasis al quedar suspendida con sus cuatro extremidades en total libertad.

Una y otra vez, Ana y Vincent «juegan» con la gravedad, la fuerza centrífuga, la centrípeta, la inercia… y las desafían. Ana da vueltas, suspendida por sus cabellos como un trompo colgando desde su propio hilo. Juegan con sogas, con sus cuerpos. Incluso juegan a que ella no pise el piso, sino a él. Y es que si hay una constante en esta pieza, como la hay en el circo contemporáneo, es este elemento lúdico.

En otros momentos, Ana y Vincent transgreden la cuarta pared, como a menudo ocurre en el circo, e interactúan con los espectadores. En una de estas ocasiones nos explican de forma muy sencilla el principio básico del splicing o empalme de cuerdas que ellos usan para las sogas que sostienen a Ana, y nos dan a probar un atrapadedos (que surte su efecto y deja varios dedos a mi alrededor debidamente atrapados). Siento que ambos han bajado de su escenario y se han puesto a nuestro nivel, se han humanizado; a partir de ese momento, me enorgullezco de sus hazañas como si fueran dos de los nuestros.

Vincent lleva a Ana a pendularse. Con miradas cómplices, hacen contrapesos y Ana se deja caer; llega cada vez más arriba, cual niña osada en un columpio. Vincent está allí para recibirla y volverla a lanzar, de nuevo y de nuevo. Algo me dice que este rol le es familiar.

Finalmente, Boy den Boer lleva la escena a su máxima intensidad, utilizando estrobos. A nivel de suelo, Vincent atraviesa el espacio con cuerdas que cobran vida con luz azul, creando una especie de telaraña, una red de apoyo como las que usan los trapecistas voladores y los funámbulos. Él es la red de apoyo de Ana, él la mantiene segura, y esta red lo representa. En eso se escucha una voz de mujer que dice, «Don’t stand still. Dare to rise. Remember what it’s like to feel infinite» («No te quedes parada. Atrévete a surgir. Recuerda cómo es sentirse infinito»).

Siguiendo estas instrucciones, Ana se lanza al vacío, a ese infinito, extasiada. Vincent y sus sogas la apañarán.








Nada es fijo


Por Carolina Figueiredo

Aire que carga humo en el dibujo de tiza de un movimiento. El escenario, hoy, es pizarra. Quince años de gestos y danzas aparecen para, inevitablemente, desaparecer. Los colores se refractan como en un prisma que ha llegado a pie y que, sin detenerse, continúa caminando.

El cuerpo aparece como gesto antes que como peso. Llega envuelto en una capucha verde. Jugando a ser niña, una serpiente blanca gira, se enrolla, se convierte en atadura y en cola de perro. Entre tanta fantasía, un cuerpo muere.

Entonces otro rostro encuentra un par de manos que, pegadas al revés, se acercan al oído para escuchar caracolas y comprobar si su sonido se parece –o no– al mar.

¿Será que miramos juntos la serpiente marina?

¿Será que me enseñas a navegar este cubo de humo y gravedad?

¿El aire no nos puede cargar?, pregunta ella.

Él no habla su idioma, pero la mira con unos ojos capaces de tejer una comunicación interestelar.

Para Ana Jordão y Vicent Kollar, la conexión no parece producirse únicamente a través del contacto. Los cuerpos se encuentran en aquello que comparten sin verlo: el agua suspendida en la humedad del aire, las tripas invisibles, un eje común, el equilibrio precario entre pisar en seco y recibir otro cuerpo bajo la planta de los pies.

El circo aparece entonces no como demostración de destreza, sino como una pregunta sobre la posibilidad de sostener y ser sostenido.

Una interrupción sonora abre otro espacio. Oscuridad.

En A Body and Others Objects el objeto cotidiano se transforma en superficie inestable, extensión del cuerpo, mecanismo de tránsito. Cuando los ojos vuelven a ver, estamos dentro del agua. Nos sumergimos en un océano casi obsceno: algas que brillan en un claroscuro, caracoles que insisten en la pregunta de si realmente suenan como el mar.

Suspendida desde mis propios pensamientos, trepo una gran pared de cemento que parece haberse construido a mi lado. El horizonte cambia de lugar. Una escalera en un ángulo imposible conduce hacia el fondo del océano. La gravedad deja de ser una ley para convertirse en interlocutora.

Un triángulo suspende un cuerpo y lo deja pertenecer, por un instante, a otros universos. Dos manos de cinco dedos funcionan como medio de transporte. Mientras tanto, las manos del público permanecen atrapadas en una utilería china casi absurda, recordándonos que también mirar es una forma de estar implicado.

Ella se suelta sobre un espagueti chino blanco que la devuelve de ese sueño improbable para caer en otro hilo: uno rojo que la suspende y, al mismo tiempo, la conecta con el otro cuerpo.

Uno, vertical.

El otro, horizontal.

Entre ambos aparece una pregunta sobre las formas de relación que construimos. ¿Acaso las conexiones humanas no se tejen también como una carabina en el cabello, balanceándose de un lado a otro, sosteniéndose precisamente porque nunca permanecen completamente fijas?





Poesía inerte y sublime: la deconstrucción de la materia en ‘A Body and Other Objects’


Por Thyrza M. Guerrero M.

Imaginar lo inimaginable es una cualidad inherente a la humanidad. Ante la mirada expectante que llenó la sala de XIELO el pasado sábado 19 de septiembre, la crudeza de la suspensión capilar, técnica circense de procedencia ancestral, se convirtió en poesía pura.

Ana Jordão, directora artística e intérprete portuguesa (radicada en Alemania), y Vincent Kollar, su cómplice y cocreador performático alemán, transformaron la escena en un vibrante laboratorio conceptual y poético con la pieza A Body and Other Objects. La propuesta, que forma parte del repertorio de la decimoquinta edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, combina circo contemporáneo, danza y manipulación de objetos en una experiencia tan hipnótica como innovadora.

Jordão parece flotar en el espacio liberada en apariencia de las leyes de la gravedad. Gracias al virtuosismo circense producto del dominio de la rigurosa técnica de la suspensión capilar (hair hanging), esta ingravidez ilusoria entabla un diálogo poético, pero tenso, con la presencia de Kollar. Aquí, la composición musical de Fabian Laute es responsable de acentuar cada momento de riesgo y precisión técnica.

El diseño de aparejos y cuerdas de Kollar constituye uno de los elementos más sólidos de la propuesta, y expone de manera cruda la mecánica de las fuerzas físicas. Destaca la manipulación del meteor (meteor spinning), técnica de malabarismo y artes de flujo que consiste en hacer girar objetos pesados unidos por una cuerda larga. Bajo su dirección, las cuerdas dejan de ser simples objetos inanimados. Se convierten en un cuerpo de baile que respira, danza y cohabita el mismo espacio de los intérpretes. Y es cuando la iluminación de Boy den Boer, con marcados claroscuros, permite delinear el espacio escénico, aislar los cuerpos en la penumbra y enfatizar la tensión de las cuerdas, los aparejos y la piel tensa de los artistas.

Pasados 40 minutos de espectáculo, experimentamos un quiebre conceptual. Los creadores rompen la cuarta pared y transforman al público pasivo en protagonista directo. En un acto audaz, responsabilizan a uno de los asistentes del empalme de una de las cuerdas esenciales para la acción. Este exitoso traslado de la tensión del riesgo físico hacia las manos de la propia audiencia se convierte en una inesperada interacción que democratiza el espacio escénico. También permite que la pieza tome un nuevo aire y se prepare para su cierre.

A Body and Other Objects es una propuesta que desafía los límites de la imaginación humana. La iluminación, la crudeza de la suspensión capilar y el giro participativo convergen en una experiencia colectiva e hipnótica, donde la luz, la gravedad y la comunidad reescriben los límites corporales.






Confianza infinita


Por Anays I. Labrador R.

Niebla en escena, penumbra. Se siente la espera, el sigilo e incertidumbre. Surge un haz de luz, que guía la mirada a una silueta femenina, asemejado a un pájaro nocturno que describe trayectorias invisibles en sus desplazamientos y giros. 

Las luces cambian, surge el creador Vincent Koller y se une con su cocreadora Ana Jordão; entre sogas y aparejos construyen una trama de confianza infinita. La coreografía A Body and Other Objects me lleva a reflexionar sobre la confianza que depositamos en el otro y si esta entrega es total, si verdaderamente sabemos cuánto tiempo nos toma confiar en el otro y cuánto ese otro rompe el delgado umbral de la confianza. Es una interrogante que algunos contestarían de forma positiva, y otros con un no.

Esta pieza de circo contemporáneo que nos trae la edición 15 de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá es un vivo ejemplo de aquella genuina y verdadera confianza que se necesita sentir del otro para dejarse ir. Es una complicidad mutua que debe existir, como se puede percibir en esta obra que, además de ser sublime, es arriesgada. Cuerpos totalmente entrenados en búsqueda constante y pasión compartida. Una pieza como esta demuestra que en la confianza surge la magia, y entonces la vulnerabilidad, el miedo y la duda desaparecen.

En las técnicas de partnering de los dos artistas se aprecia una genuina escucha de sus cuerpos; pero en esta complicidad hay un cuerpo adicional, la soga, como elemento performático en este juego de riesgo y creación. Sí, la soga es un miembro más en esta escucha silenciosa, en la que el potencial creativo de Koller genera un diseño de anclajes que sostiene un contrapeso en un perfecto centro y control; de ahí que la circense y bailarina Ana Jordao, a través de la técnica hair hanging, nos muestra lo poderoso, frágil y etéreo que pueden ser sus desplazamientos aéreos sostenidos por la conexión con su compañero. 

Acompaña a este trío performático de Ana, Vincent y la soga, la música de Fabian Launte de géneros tecno y trance, que trasmite un sentido de peso y liviandad acorde con los movimientos etéreos y fuertes de la intérprete.

En definitiva, A Body and Other Objects es una pieza que nos transporta a un juego de complicidad, precisión técnica, control, completa condición física, riesgo, y muestra las fuerzas invisibles de la física que sostienen la magia de una confianza infinita.






Danzar como peces voladores fuera del agua


Por Alex Mariscal

La compañía alemana de Ana Jordão y Vincent Kollar establece un vínculo profundo entre cuerpos y objetos, valiéndose del contacto físico, cuerdas y mosquetones para entrelazar sus movimientos. La pieza A Body and Other Objects explora la interacción entre gravedad e ingravidez mediante técnicas como el hair hanging, el partnering y la manipulación escénica de elementos, tal como plantea el programa de mano. Además, la música de Fabian Laute, músico influyente en la cultura «rave» clandestina alemana, acompaña este viaje sensorial con sonidos onomatopéyicos que aluden a las cuerdas que ondean, se tensan y pendulean bajo el peso de la bailarina. Ciertamente, la propuesta escénica nos invita a redescubrir la magia del virtuosismo circense y a reflexionar sobre nuestra condición de ser pájaros terrestres.

La presentación en XIELO, la noche del 19 de septiembre a las 8:00 p. m., evoca sutilmente el principio fundamental de la física newtoniana: un objeto en reposo o en movimiento rectilíneo persiste en ese estado hasta que una fuerza externa actúa sobre él. En el caso de la ejecutante, ella permanecerá en quietud hasta que su tensión dinámica cambie. En efecto, su cuerpo colgado de una cuerda rompe la inercia por voluntad propia. Sin duda, ella activa su columna y genera distintos equilibrios. Esta acción la lleva a sondear su peso bajo el cordel con el que dibuja suaves giros y pendulaciones.

La bailarina dio inicio a la pieza explorando progresivamente la gravedad en forma similar a los balbuceos del cuerpo en su evolución de homínido a humano. En efecto, el ser humano ha experimentado durante milenios formas de vencer la gravedad. El primer paso fue dejar atrás la cuadrupedia para desplegar el equilibrio bípedo. Este hecho trascendental de convertirse en Homo erectus transformó el destino de la especie. Desde entonces, el hombre puede luchar, avanzar y defenderse más eficientemente que sus antecesores.

En esta pieza compleja –lo manifestó muy acertadamente la corpoescritora colombiana del festival Brígida Tobón– se amalgama ciencia y arte. Sin embargo, lejos de un enfoque didáctico, A Body and Other Objects construye, en el sentido del filósofo Edgar Morin, una narrativa escénica compleja: saber científico, físico técnico, espiritual y ancestral. Podríamos mencionar, entre estos conocimientos, la medición de las resistencias a la carga, la plasticidad y capacidad de ondulación de las cuerdas. Asimismo, el aprendizaje del trenzado del cabello, que es un arte muy antiguo. Por otro lado, la tradición circense de trabajar en equipo y confianza, que solo se construye con disciplina, vocación y entrenamiento constante.

Como todo acto performático, el actor circense no representa, sino que se presenta al espacio y al riesgo totalmente en alma y cuerpo. Cuando así lo hace, ocurre la magia. La ejecutante cuelga de una cuerda amarrada a las trenzas de su cabello. Se agarra de la cuerda y la escala hasta subir tres o cuatro metros de altura; luego suelta la cuerda y mueve sus extremidades en el aire. Por consiguiente, sentimos la tensión en su cuello e imaginamos dolor en la raíz de su cabello. Sin embargo, verla colgada de una delgada cuerda evoca en mi imaginario diversidad de fotografías: aves ascendiendo, aviones surcando nubes y, en otros momentos, paracaidistas o astronautas flotando bajo luz lunar. Definitivamente, el oficio y la disciplina de los bailarines son evidentes. En más de una ocasión, asomó en mí el temor de que Vincent Kollar dejase escapar la soga con mosquetones y fuese a dar sobre mi cara. Sin embargo, ambos ejecutantes, confiados el uno en el otro, se compenetraron en el juego, en divertirse a pesar del riesgo. 

Tal como señala el músico holandés Hern Borgdorff, el arte escénico genera un conocimiento no racional ni discursivo, sino simbólico y experiencial. Esta pieza nos invita a sentir, que en este caso quiero insistir en que es lo mismo que pensar. ¿Cuántas veces no han soñado ustedes que se despegan del suelo y flotan como pájaros por las nubes? En mi caso, toda mi infancia soñé remontarme sobre las nubes, pero cada noche volvía a caer.

Esa noche de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, la amalgama de la música de Fabian Laute, la atmósfera lumínica de Boy den Boer y la de los intérpretes Ana Jordão y Vincent Kollar me mostró que, bien atado a la cuerda apropiada, puedes flotar con soltura sobre las nubes como lo hacen las aves, los paracaidistas o los peces voladores fuera del agua.




Cuerdas, objetos y confianza


Por Nicole Navarro

La vida pende de un hilo: a veces, de mil hebras de cabello. O, por lo menos, así desafía la gravedad Ana Jordão, la intérprete y directora de A Body and Other Objects, al ser elevada a los cielos por su partner y confidente, Vincent Kollar, la noche del 19 de septiembre de 2026.  Fue una velada en la que el espacio de XIELO permitió encapsular el universo de sogas y poleas y hacer perceptible al espectador la ilusoria ligereza de los pesos del cuerpo humano: llamémoslo magia o, bien, danza. 

Sogas que nos atrapan, nos unen, nos sostienen –visibles o imaginarias– esta noche son las protagonistas. Ambos intérpretes surgieron de su trance entre entramados. Ana juntó su mano con la de Vincent y, cautivada, vislumbro en ese gesto un solemne encuentro: la capacidad humana de unirse y sostenerse.

Así inició el malabareo de pesos: un mosquetón, una argolla amarrada a sus cabellos. La intérprete se elevó del piso unos centímetros; con el cuello extendido inauguró una danza pendular. Desde los altavoces una voz susurraba: «Am I an object of gravity?» («¿Soy yo un objeto de la gravedad?»). Con tensiones de cuerdas crearon perfectos actos de equilibrio. Parecían haber sido convocados a la escena Pitágoras, Galileo y Newton. Con la energía transmitida a través de las sogas, crearon figuras geométricas, y cada paso se tomaba como un sigiloso acto de fe, al compás con la física. La única fuerza no calculada por aquellos científicos, y sí por nuestros intérpretes, parece haber sido la sostenedora fuerza de la confianza: aquel «pacto» entre dos personas para atraparse justo en el momento en el que el hilo pendular sujeto desde los cabellos de la ejecutante parecía llevar su cuerpo al límite.

La exploración de fronteras en aquel circo contemporáneo envolvió al público que, sentado al borde de su silla e inclinando su peso hacia adelante, evidenciaba una sensación de completa absorción. Algunos movían sus dedos cautivos en uno de los atrapadedos chinos que habían sido repartidos en la sala de espera antes de acceder a los puestos, y solo entonces entendí a qué nos habíamos apuntado al recibirlos. Éramos una fuerza más aplicada a las sogas de la escena. Nuestra tensión sostenía la sala, mientras que el cuerpo etéreo de la intérprete trascendía como si fuerzas sobrenaturales la elevaran.

«Esta técnica se llama suspensión capilar», nos explicaba Ana en un íntimo conversatorio realizado al final de la pieza en esta 15 edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá. «Es un arte centenario», continuó, especificando que era proveniente de culturas orientales, enseñado por maestros y cimentado en años de práctica, así como en la «confianza de que el pelo aguantará tu peso». 

En los momentos finales, la intérprete camina hacia el público y cede a un espectador el acto de liberar la soga de la cual su vida pendía apenas unos minutos antes. El señor, sin dificultad, tiró de ella y la soltó. Era una soga sin nudos, unida mediante un método de empalme de cuerdas llamado splicing. Con ese acto, se liberó la tensión, del mismo modo en que se liberaron los dedos del atrapadedos chino. Se consagró así el pacto del cual habíamos formado parte, cerrando el ritual de la relación entre cuerpos, fuerzas y sogas: el encuentro de A Body and Other Objects.





La gravedad de imaginar que el cuerpo puede ser
infinito 


Por Andrea Puerta Salgado 

¿Es el peso lo que nos ata a la tierra o aquello que nos recuerda que estamos vivos? ¿Dónde termina un cuerpo y comienza otro? ¿Puede una cuerda ser un límite, un vínculo o un origen? ¿Qué ocurre cuando aquello que nos sostiene es también aquello que podría hacernos caer? Estas preguntas adquieren cuerpo en A Body and Other Objects, de Ana Jordão y Vincent Kollar, presentada en XIELO durante la decimoquinta edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá. 

Al comienzo, una mujer permanece suspendida por el cabello. La cuerda parece un cordón umbilical que todavía la mantiene unida a un origen, pero también podría ser el hilo de Ariadna que impide perderse en el laberinto de la materia. El cuerpo aparece como materia arrojada al universo.

Entonces aparece el hombre. Trae consigo otra cuerda y juega con ella hasta que esta parece adquirir vida propia: serpiente, extensión, animal que se enrosca alrededor de su cuerpo. Después cae. Ella se aproxima, intenta devolverle el movimiento, pero él permanece inerte. Lo arrastra. Le toma el brazo y coloca su mano sobre la de él. Lo observa. Manos, brazos, carne: dos cuerpos que descubren, debajo de sus diferencias, que comparten la misma materia. Tal como menciona Levinas, el otro no es una duplicación de uno mismo, sino la aparición de una alteridad que obliga al cuerpo a salir de sí.

Cuando él finalmente se levanta, la relación cambia. Ya no hay dos cuerpos aislados, hay dos seres que se funden en uno. Se empujan, se sostienen, juegan y bailan. La cuerda se convierte en mediadora. «I’m an object of gravity» («Soy objeto de la gravedad»), escuchamos durante el apagón. Newton parece entrar en escena retrospectivamente: cada caída, cada suspensión y cada impulso obedecen a una ley, pero los bailarines transforman esa ley en vínculo. Para elevarse, necesitan primero aceptar que pesan.

Después del apagón, la obra parece comenzar de nuevo, como si hubiéramos atravesado un umbral. Aparece una silla, el splicing y, finalmente, la manzana. La imagen abre una grieta hacia el Génesis: el objeto que alimenta, tienta y contiene conocimiento. Pero aquí el conocimiento no llega como palabra sagrada, es más como una técnica. El hombre hace nudos y explica cómo la cuerda puede sostener un cuerpo; la curiosidad se vuelve mecánica, y la mecánica, pensamiento.

Los triángulos que aparecen después parecen arrancados de un cuaderno pitagórico. Geometría suspendida, proporción convertida en arquitectura corporal. Ella habita el centro de esa figura como si el teorema pudiera sostener una vida. Newton proporciona la fuerza, Pitágoras la forma y el cuerpo la contradicción. El cuerpo quiere escapar de sus propios límites.

Al final, las cuerdas se multiplican y ella gira con una violencia casi dionisíaca bajo la luz intermitente. La geometría se descompone en vértigo. «Remember what it feels like to be infinite» («Recuerda lo que se siente ser infinito»). ¿Cómo puede un cuerpo, precisamente porque pesa, imaginar que es infinito?

Jordão y Kollar convierten la danza en un universo íntimo. El cuerpo cae porque tiene peso, asciende porque otro lo sostiene y se arriesga porque confía. La ingravidez no es dejar de pertenecer a la Tierra; es descubrir que incluso dentro de sus leyes existe la libertad.





Cuando el cuerpo no cae 


Por Getzalette M. Reyes R.

Nos recibe un recinto oscuro. Apenas dos focos iluminan el espacio. Entonces se escuchan unos pasos.

Ana Jordão y Vincent Kollar llegaron a Panamá desde Alemania con A Body and Other Objects, una pieza que mezcla danza y circo contemporáneos y que pone al cuerpo en relación con otros cuerpos, con objetos, pero principalmente con la gravedad.

En la escena, Kollar parece jugar con Ana (y con la gravedad, también). Sus miradas son intensas, profundas. Se buscan. Se encuentran. Y aunque por momentos parece que uno va a caer, eso no sucede. Ambos se sostienen. Quizás ahí empieza una de las primeras tensiones de esta presentación incluida en la versión número quince de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá: uno mira esperando la caída, mientras ellos parecen saber exactamente cuándo sostenerse.

Una de las imágenes que más permanece es la de Ana suspendida por su propio cabello. Un moño en la cabeza, una gran soga y, de pronto, su cuerpo abandona el suelo. Vuela, da vueltas. La confianza parece sostenerlo todo: sus cuerpos, la soga, el espacio y hasta el cabello de Ana. Todo parece estar calculado, aunque desde nuestro lugar en el estudio XIELO la sensación fuera otra: que cualquier cosa podía suceder.

En medio de la puesta, las sombras de sus cuerpos se proyectan sobre el telón negro. Se deforman; se distinguen con claridad en medio de la oscuridad. Por momentos ya no sé si estoy mirando los cuerpos o sus sombras. Aquí, la ansiedad y la atención fija del público son notables. ¿Y ahora con qué más nos pueden sorprender? La pregunta recorre mi cabeza. Entonces ocurre. Ana comienza a bajar de la soga como si descendiera por unas escaleras. Lo hace con una tranquilidad impresionante. Ese fue, quizás, mi momento favorito. Y es que, de repente, ella convierte la misma soga que podía parecer una amenaza en un camino de regreso al suelo.

Los cuerpos continúan jugando con el espacio. Aparecen figuras construidas con las sogas, incluso un triángulo que se forma mientras Ana permanece suspendida en el aire. La ligereza del cuerpo contrasta con todo lo que sabemos sobre él: que pesa, que cae, que necesita un punto de apoyo. La pieza avanza hasta un cierre vibrante, electrizante, marcado nuevamente por las sogas y por esos cuerpos que parecen haber encontrado una manera distinta de relacionarse con la gravedad.

Salgo del recinto con una imagen que permanece: un cuerpo suspendido, una soga que se convierte en escalera y dos personas que, durante toda la pieza, parecían decirse sin palabras que caer no era una opción.




Las tres leyes del movimiento, un cuerpo y otros objetos


Por Félix Ruiz Rodríguez 

No recuerdo exactamente cuántos años han pasado desde que vi, por última vez, una trampa china para dedos. Creo que han sido los suficientes para haberlos confundido con dulces, mientras los repartían al ingresar a la sala de XIELO, hogar de la danza aérea panameña y también de Gramo Danse, donde veríamos la puesta en escena de A Body and Other Objects, de Ana Jordão & Vincent Kollar (Alemania), en el marco de la edición 15 de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá.

El apagón de inicio del espectáculo me sorprendió con los dedos índices atrapados en aquella trenza cilíndrica, entre la urdimbre y la trama en sus puntos de cruce. Algunos de los asistentes parecíamos niños curiosos manipulando el artefacto, que luego sería utilizado de manera didáctica por Jordão para explicar el mecanismo implementado en su juego de cuerdas: esas tensiones alucinantes o mágicas que le permitieron levitar frente a nuestros ojos y convertirse en un solo elemento con su compañero de escena, Kollar (quien además es el encargado del rigging design de esta pieza), con los otros objetos que los rodeaban y, por qué no, con nosotros, que fuimos integrados aun desde nuestros asientos. 

Precisamente, la magia detrás de esta performance interdisciplinaria y de circo contemporáneo fue sostenida en el espacio y tiempo de ejecución por un juego de la física de los objetos, por una interconexión de la gravedad, la suspensión y la ilusión de los cuerpos y las cosas. La propia Ana Jordão, que además de bailarina intérprete de la obra es su directora artística, reconoce que la pieza ha sido producto de años de búsqueda, de una exploración que inició en 2022, con la que procuraba invitar al público a un universo donde las leyes de la física parecen transformarse y disolverse. 

Se podría decir que la propuesta más bien rinde homenaje a las tres leyes del movimiento de Newton: inercia, dinámica, acción y reacción, cuyo efecto y experimentación dentro de la coreografía fue posible a través de las prácticas del hair hanging, el partnering, los contrapesos y, no menos importantes, los malabares de cuerda y gancho de acero, que ejecutó Vincent Kollar poseído por las fuerzas centrífuga y centrípeta.

Este trabajo también me hizo recordar la teoría de cuerdas de los físicos Joël Scherk y John Henry Schwarz (1974) y sus posibilidades. Un punto se movería por el espacio, pero una cuerda siempre podría hacer algo más: vibrar de diferentes maneras y ramificaciones. Al vibrar de cierto modo, veríamos un electrón; si lo hiciese de otra manera, veríamos un fotón, un cuark o quizás encontraríamos, finalmente, un gravitón o cualquier otra partícula del modelo estándar, dependiendo de su vibración.

La poesía como la danza siempre han estado presentes detrás de las leyes del movimiento, detrás de la física de las cosas y sus teorías. Lo fue Kollar, catatónico en el suelo, carente de fuerza. Vulnerable. Víctima de una trampa que lo mantendría dependiente o lo transformaría en la extensión de algo más. Lo fue Jordão, pendiendo de un hilo, surfeando los aires y el suelo, esfumándose entre relámpagos. Lo fue aquella frecuencia de onda color neón que atravesó la oscuridad. Lo fue la trampa china, que nos colocó ante el sorteo de escapar por la fuerza o de relajar y fluir.




Danzar sobre un pulsar


Por Jhavier Romero

En su obra Los elementos, Euclides define la línea como «una longitud sin anchura». El ancho, recordemos, según se desprende de las afirmaciones del matemático griego, es uno de los elementos que conforman la superficie. Siendo así, si nos viésemos obligados a caminar sobre líneas, tal como sucede en la obra de Ana Jordão y Vincent Kollar, sería el equivalente a aquellos sueños en los que podemos andar libres por el aire y que al despertar nos arrojan en los brazos de la melancolía.

Y precisamente la obra inicia con una imagen que se siente como un dardo. En medio de una luz que no es suficientemente fría para disipar la sensación de limbo, vemos a una persona que lleva un impermeable con capucha y que, poco a poco, abandona la casi inmovilidad para ensayar el vuelo. El personaje (porque constituido en signo, creemos que ya no se trata tan solo de la intérprete) abandona la superficie y, como un pez de los abismos o como una criatura en el vientre de la madre, flota en la oscuridad con los párpados abiertos. La cuerda que la sostiene es mínima y un poco menos que invisible. Es una línea vertical desde el cielo hasta el suelo, una especie de hilo que parece sostener una marioneta por un solo punto.

Las cuerdas son el material a través del cual toma forma el alfabeto de líneas, curvas y puntos de la puesta en escena. Incluso desde el diseño sonoro, se alude a ellas a través de lo que parece un reloj de cuerda. En cierto nivel, dar cuerda es trazar un círculo; cuando la cuerda se acaba, es porque el círculo ha vuelto a ser un segmento. En ese sentido, Derrida plantea en De la gramatología que la escritura debe entenderse como posibilidad del lenguaje, independientemente del habla. Derrida ubica la escritura más allá de lo gráfico, y sugiere que cualquier sistema autónomo de significación puede ser considerado escritura. Desde este punto de vista, es posible concebir las diversas formas en que los intérpretes utilizan las cuerdas como el intento de fijar un sistema de signos; es decir, dotar de un significado cierto arreglo espacial de las cuerdas. En ese orden de ideas, no es difícil percibir las diversas connotaciones que las cuerdas adquieren: intestino, serpiente, enredadera, camisa de fuerza, muerte, hula hula, puente, relación amorosa, ahorcamiento, alma, entre otros.

Las cuerdas posibilitan que los significantes, las formas geométricas, adquieran significado. Son fundamentales, pero al mismo tiempo resultarían insuficientes si no fuese por los cuerpos en escena. En este lenguaje las cuerdas representan sustantivos, pero el cuerpo es verbo. No hay discurso sin la acción y la energía de los intérpretes, quienes realizan un despliegue técnico desde disciplinas como la danza área y el circo. A través de la materialización de objetos geométricos conocidos, tales como el triángulo rectángulo, el equilátero, el círculo, las curvas y líneas verticales y horizontales, aunado a la ejecución de acciones extracotidianas, Jordão y Kollar logran llevar su discurso a una dimensión poética innegable; es decir, no solo crean un lenguaje capaz de reelaborarse a sí mismo, sino que también hay en sus imágenes y metáforas visuales una potencia lírica que moviliza el aparato emocional del espectador. Como plantea Humberto Maturana, los seres humanos somos seres emocionales que podemos pensar: de ese modo, con la emoción como brújula, hemos visto a Jordão escalar el aire en vertical, y al mismo tiempo hemos experimentado la apnea, el desplazarse de un buceador o de un astronauta. También, admirados y aterrados a un mismo tiempo, contemplamos a Kollar realizar una secuencia de malabares con un dispositivo de cuerdas con argollas. En su impecable desempeño había un resabio de esa atmósfera temeraria de los circos; cada vez que Kollar se acercaba al público, algunas personas de la primera fila se alarmaban. 

Todavía así, hay dos eventos que no pueden dejar de mencionarse. El primero es la secuencia en la que Jordão camina sobre las cuerdas-líneas con la ayuda de Kollar. Este, por momentos impulsándola, y por otros, colocando su cuerpo como superficie, aparte de generar un núcleo de significado sumamente enriquecedor para la puesta, también contribuye a la gestión del peso y equilibrio de Jordão. Esta, por su parte, alcanza una de las grandes fantasías de poetas y pensadores: habitar el signo, el concepto. Jordão camina dentro de un triángulo rectángulo y de un equilátero, ambos pletóricos de significados en diversas tradiciones y disciplinas: la trinidad, lo humano, lo perfecto, el balance, la reunión de los opuestos, el fuego, lo masculino y lo femenino, etc. 

Para concluir, el segundo momento ineludible: la imagen final. La intérprete de hair hanging sube y se posiciona sobre una cuerda verde fosforescente, y la iluminación, que hasta ese momento había sido minimalista y efectiva y que ha oscilado oportunamente entre cálidos y fríos, introduce su dispositivo más espectacular, una luz estroboscópica que nos hace sentir en el espacio estelar o en un ensueño. La cuerda es una onda verde, la función del coseno, el electrocardiograma del planeta, o es algo todavía más extraordinario: quizás estamos observando a un ser humano que danza sobre los rayos de un púlsar.




La matemática de los cuerpos


Por Janelle Sibauste

A Body and Other Objects, obra presentada por Ana Jordão y Vincent Kollar en la 15 edición de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, nos brindó imágenes y escenas con una gran capacidad para calar profundo, no solo en nuestra experiencia estética sino también en nuestras mentes curiosas.

Esta producción, de estructura fragmentada, nos muestra un fuerte contraste entre el íntimo acto de confiarle la vida al otro y una impecable ejecución artística, resultado de la investigación milimétrica y matemática de los cuerpos y la técnica. Dos cuerpos concebidos como objetos que comparten peso giran, se apoyan y se suspenden en el aire. Fuimos testigos del diálogo intelectual entre dos especialistas que indagan y experimentan las posibilidades de su arte. Acto tras acto, verles jugar, explorar, descubrir y volver a comenzar mantuvo al público atento y curioso. Pudimos contemplar la complicidad de quienes descubren y crean algo maravilloso juntos y lo comparten con el mundo: tu cabeza-mi cabeza, tu mano-mi mano, tu peso-mi peso.

Con una puesta en escena sobria, tanto en la elección de elementos escénicos como en los colores y el uso de la iluminación, la música y el sonido fueron cruciales para ambientar cada una de las escenas. La música electrónica, intercalada por sonidos ambientales, voces y frases pregrabadas, silencios y textos hablados por los artistas en vivo, nos envolvió en este mundo creado de riggings, poleas, cuerdas blancas y carabineros. 

Un recurso efectivo fue la interacción con el público, en la que las personas cercanas al escenario pudieron probar personalmente el claro ejemplo del atrapadedos chino o cómo funciona el splicing o empalme de los extremos de una cuerda. La puesta en escena se convirtió en un inesperado espacio didáctico. Esta interacción directa con los artistas extendió al público la sensación de la complicidad y nos convirtió en parte imprescindible de la obra. 

En cuanto al movimiento y los cuerpos, la obra está llena de escenas memorables. En una de ellas, Ana cuelga de sus cabellos frente a una cuerda blanca gruesa y nos da la ilusión de estar flotando en el espacio. Otra imagen memorable fue el juego de cuerdas y poleas en el que Ana, suspendida nuevamente de sus cabellos, sube, baja y gira como efecto de la manipulación que ejercía Vincent sobre las cuerdas. Igualmente poderoso fue el solo de Vincent mientras jugaba con una cuerda y el peso de los carabineros para crear formas inesperadas, demostrando su maestría en la técnica de la manipulación meteórica. 

En una última escena, que emerge de manera rápida y urgente, Vincent coloca unas cuerdas que ahora son fluorescentes, y en el escenario se encienden unas luces estroboscópicas. Ana se mueve suspendida en la penumbra, y una voz nos dice «Remember what is like to be infinite» («Recuerda cómo es ser infinito»), como una invitación a soñar más allá de lo posible.


La mujer que creyó ser un pájaro


«¿Qué voy a hacer para cantar el canto,
el plumaje, la luz, el poderío
de lo que vi volando sin creerlo
o escuché sin creer haberlo oído?».

Pablo Neruda


Por Brígida Tobón

Ella es una piel sin plumas, una voz sin trinos ni gorjeos, un cuerpo sin el vuelo. Sentada en medio de un escenario en penumbras, ella calla mientras una bruma de humo amenaza con borrarla. Ella calla y el toc-toc de la música-máquina anuncia la posibilidad de transportarla a cualquier calle de Berlín o de Nueva York para que comience con el espectáculo de bailar break dance o hip-hop. Ella calla, pero sueña con el ave. Ella calla, pero siente el latido del corazón del pájaro aleteando en su pecho. Ella calla, y percibe que comienza a brotarle una péndola en su cabeza. No espera, se libera del buzo y su capucha que la amarran y se entrega al viento. Nada la detiene. Esa pluma es tan larga como la de un faisán. Sube hasta el techo y la pone a flotar en el espacio. Ella vuela. Vuela al ras del piso, pero vuela.

Él es un cuerpo musculoso. Tendría que estar cubierto con cicatrices y de escamas porque es reptil que tiene los pies pegados a la tierra. Él juega con un lazo que es cadena, que es serpiente. No se puede liberar, la cuerda ata e inmoviliza. Se queda sin aliento, Ella llega al rescate, lo empuja con el batir de sus alas por todo el palco escénico. Él se deja llevar para recobrar su hálito de vida y juntos emprender la travesía.

Así son los momentos introductorios de la pieza A Body and Other Objects de Ana Jordão y Vincent Kollar presentada en el marco de la edición número 15 de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, en la sala XIELO, Parque Lefevre. 

El espectáculo se apoya en técnicas circenses, danza aérea y suspensión capilar o hair hanging, y crea un universo de ilusión e irrealidad en el que, a veces, los cuerpos de los bailarines convergen para ser uno solo y generar un universo inmaterial en el que el arte del movimiento entra en un estado de ingravidez. Además, se mezclan elementos de la danza moderna con el arte cinético para generar fascinación con los efectos ópticos que produce. 

La manzana en su boca, el lazo rojo del que pende su cabeza, la sonrisa que otorga y le entregan, la complicidad del abrazo con el hombre-mago de las cuerdas la hacen dudar de su permanencia anclada en la tierra. Ella vacila y tiembla, pero no puede evitar que sus pies se despeguen de la tierra y escalen por los hilos que atraviesan el escenario entero.

Con cuerdas y mosquetones los danzarines son capaces de crear un cosmos etéreo y geométrico en el que habitan triángulos, rectángulos o trapecios que se abren y se cierran para que la bailarina hecha ave emprenda el vuelo. Es en estos momentos que las imágenes nos transportan a la obra del artista polaco Jerzy Kędziora, experto en crear esculturas funambulistas que desafían toda gravedad y perspectiva. ¿Acaso Ana Jordão se ha apropiado del espíritu de la «Bailarina» de Kedziora, itinerante por el mundo, para exhibirla en Panamá?

La conjunción de música y de luces van marcando los tiempos de la pieza. Silencio y oscuridad se unen para marcar cambios de dirección del movimiento y del tipo de utilería requerida. A veces se hacen largos, tal vez por la complejidad de las técnicas usadas en la obra y las exigencias de las mismas. Pero el espectáculo es un ejercicio de precisión y sobre todo de confianza, ya que la seguridad de los bailarines depende de ello.

Nada la detiene. Ella siente que está cubierta de plumas. Plumas más largas que las de un faisán. Ingrávida vuela hasta lo más alto y flota en el espacio. Ella vuela. Vuela alto, siempre más alto porque es la mujer que se transmutó en pájaro un instante de su eternidad.











Este blog lo edita
Salvador Medina Barahona
con el apoyo de




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