CUANDO LAS RANAS CROAN, PODEMOS ESTALLAR EN LA PENUMBRA

 

Fotos de Raphael Salazar


GOUNOUJ, Léo Lérus (Francia-Guadalupe) / Teatro Ateneo, 21 de septiembre de 2026


Cabe señalar que GOUNOUJ no se adscribe a la narrativa convencional; no pretende contar una historia con principio, medio y fin. Más bien su estructura fragmentada y su progresión rítmica provocan la experiencia emocional de una sinfonía: una secuencia que se despliega en movimientos contrastantes —desde una apertura dinámica y vibrante hasta un adagio esperado y contemplativo, culmina luego en una coda intensa y abrupta— que permiten al espectador habitar un espectro complejo de emociones y reflexiones. 


Por Alex Mariscal


GOUNOUJ, la pieza de Léo Lérus, se funda en una profunda resonancia cultural que coincide con el concepto de «archivo vivo» de la artista Diana Taylor sobre la identidad; en este caso la memoria caribeña de la isla de Guadalupe. En este contexto, la danza contemporánea se fusiona con los rituales dancísticos antiguos y los paisajes sonoros y sociales del Caribe. Como resultado, se crea un lenguaje corporal que está profundamente enraizado en la memoria colectiva, la resiliencia y los procesos de transformación cultural. 

El título mismo, GOUNOUJ, en créole guadalupano significa grenouille (rana o sapo), pero también remite a la turbulencia interna, a los movimientos en espiral y a los estados de transición o cambio. Esta idea de ebullición recorre toda la obra, reflejándose en el diseño coreográfico, sonoro y lumínico. Desde el inicio, la pieza muestra una fisicalidad fluida conectada con las raíces culturales de los intérpretes: Robert Cornejo, Arnaud Bacharach, Andrea Moufounda y Johana Maledon. 

En efecto, las frases cinéticas del primer cuadro están construidas con movimientos económicos, pausas y contracciones de la columna, y cierran con amagos de sus antebrazos. Integran al movimiento el uso persistente del relevé en las extremidades inferiores. Pude deducir la conexión de GOUNOUJ con las danzas de los congos de Portobelo, en la zona atlántica de Panamá. Es decir, el coreógrafo Lérus construye una escritura corporal que alude a rituales antiquísimos: el apareamiento de ciertas aves, la caza de ciertos animales y los juegos de confrontación tribal entre los danzantes.



Musicalmente, la obra evoluciona desde una sonoridad tenue y atmosférica hacia una percusión más intensa y dinámica, que incorpora sonidos naturales y orgánicos propios de la isla: grillos, sapos, ladridos que se entrecruzan y confunden con los movimientos coreográficos. En algunos momentos, me pareció escuchar ladridos en medio de una densa selva. ¿Serían perros que rechazan la presencia de los humanos? ¿O extraños que intentan apaciguar su miedo gritándoles a los verdaderos dueños de ese misterioso bosque? 

A medida que se agregó un nuevo intérprete a la coreografía, la composición rítmica adquirió una mayor complejidad y riqueza. Cada cuadro ensambla movimiento, gesto y tambor en un diálogo que domina la acción coreográfica. En este coro de signos, la improvisación, delicadamente ensayada, sorprende por la simultaneidad lograda entre acción, sonido y gesto. Sin duda, cada nuevo cuadro evoca nuevos ritmos que eslabonan al hombre actual con el primer habitante de África. 

El diseño lumínico —mediante paneles digitales y lámparas LED con potencial para modularse entre luz general difusa y áreas específicas— genera espacios escénicos que revelan y ocultan, que modelan las siluetas y volúmenes de los cuerpos para crear atmósferas complementarias al ritmo y la calidad emocional del movimiento. Los contrastes de luz y oscuridad potencian la percepción del cuerpo en movimiento y enriquecen el lenguaje no verbal de la pieza, contribuyendo a esa sensación de estados en constante flujo y transformación inherente al montaje. 

Asimismo, la interacción entre sonido y movimiento destaca la capacidad del cuerpo para generar nuevos ritmos, no solo con técnica, sino con gran energía. Es una batalla de exhibición sensual, fuerza y empatía que honra la memoria y la historia del hombre caribeño. Además, la repetición intencional del creador de esta pieza quizás evoca, para mí, el infinito viaje de los primeros hombres desde su origen hasta nuevos continentes. 



Cabe señalar que GOUNOUJ no se adscribe a la narrativa convencional; no pretende contar una historia con principio, medio y fin. Más bien su estructura fragmentada y su progresión rítmica provocan la experiencia emocional de una sinfonía: una secuencia que se despliega en movimientos contrastantes —desde una apertura dinámica y vibrante hasta un adagio esperado y contemplativo, culmina luego en una coda intensa y abrupta— que permiten al espectador habitar un espectro complejo de emociones y reflexiones. 



Esta arquitectura musical se traduce en un lenguaje coreográfico donde la celebración coexiste con la resistencia y el agotamiento, mientras la alegría se entrelaza con la meditación y el cuestionamiento. La obra, sin duda, reafirma la danza como un vehículo de confrontación performativa. Se destaca su papel como archivo, testigo y mensajero de conocimientos ancestrales que interactúan con el contexto actual. En este sentido, no es lineal, sino fractal, y apela a la recepción. Es decir, nos invita a cocrear con el coreógrafo el ritmo, la pausa, el rito; pero también el territorio, la luz, la silueta, el sonido. 

En el marco de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, la compañía francesa Zimarèl presentó este lunes 21 de septiembre en El Ateneo un programa contemporáneo con un lenguaje corporal encarnado: imbricación de memoria colectiva, adaptación y cambio cultural. En su conjunto, GOUNOUJ se ofrece como un proyecto coreográfico de gran riqueza simbólica y técnica, que dialoga íntimamente con las raíces esenciales del ser caribeño y, a la vez, plantea preguntas vigentes sobre la identidad, la pertenencia y la capacidad de reinvención desde la pura corporalidad.


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Este blog lo edita
Salvador Medina Barahona
con el apoyo de




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