ABRAZAR AL DESTINO PARA LIBERARNOS DEL INFORTUNIO



Fotos de Raphael Salazar


La mecánica del infortunio, Lisard Tranis (España) y Clémentine Télesfort (Francia)
Ciudad de las Artes, 20 de septiembre de 2026


Las imágenes se refuerzan con Lisard aferrado a una escalera, como una especie de Sísifo subiendo hasta la cima, repitiendo el esfuerzo sin descanso. Parece una pesadilla o un purgatorio. No obstante, esta desventura dibujada por los dos bailarines no es intrínsecamente mala, sino por el contrario: nos viene a plantear una salida filosófica buscada dentro de la oscuridad, donde la ironía y el humor funcionen como formas de desahogo y supervivencia.


«Y pienso en tanta ternura y tanto cuidado derrotados por las sombras desquiciadas del miedo y de la muerte». 

                                                                     —Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre



Por Félix Ruiz Rodríguez 


            La desgracia, el sufrimiento o la mala fortuna son temáticas que han generado grandes preguntas y reflexiones a lo largo de la historia. Esencialmente por la necesidad de comprender por qué pasan las cosas, cómo evitar la calamidad, cómo escapar de ella, cómo nos sobreponemos a la adversidad, cómo se mueve u opera el infortunio.

            Es por eso que en cuanto me enteré de que Lisard Tranis (España) y Clémentine Télesfort (Francia) volvían a nuestro país para ser parte de la 15 versión de PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá, sabía que debía estar allí para presenciar su visión del infortunio hecho movimiento. Ya el propio nombre de la pieza que nos traerían en esta ocasión parecía sugerir haber descubierto una fórmula: La mecánica del infortunio.



            En la antigüedad, el infortunio se veía como un castigo o mandato de los dioses del cual nadie podía escapar. Los griegos pudieron ilustrarnos muy bien sobre las tantas vidas sin remedios ni salidas de la fatalidad a través de las tragedias griegas. Sin embargo, hoy día los conflictos entre las leyes humanas y las leyes divinas aun nos acompañan. Parecen un laberinto sin salida o la sala sombría de una casa sumergida entre los vaivenes de la rutina —tal como lo retrató el dúo europeo en su obra, presentada en el Teatro Áurea «Baby» Torrijos de la Ciudad de las Artes—. Clémentine pudiera ser perfectamente una especie de Antígona de Sófocles que gritó ¡Basta! a mitad de la performance, desafiando el decreto real.

            Las imágenes se refuerzan con Lisard aferrado a una escalera, como una especie de Sísifo subiendo hasta la cima, repitiendo el esfuerzo sin descanso. Parece una pesadilla o un purgatorio. No obstante, esta desventura dibujada por los dos bailarines no es intrínsecamente mala, sino por el contrario: nos viene a plantear una salida filosófica buscada dentro de la oscuridad, donde la ironía y el humor funcionen como formas de desahogo y supervivencia. Donde se pueda abrazar las circunstancias y amar al destino, ese amor fati del que habló Friedrich Nietzsche, pero que proviene de una raíz puramente estoica. 




            Sin embargo, no es fácil posicionarse ante esa posibilidad. En la obra, Tranis y Télesfort cohabitan un universo incierto, colmado de desequilibrios, repeticiones, fracasos y adaptación. Las rutinas coreográficas lo narran explícitamente a través de secuencias sostenidas, a veces lineales, pero de gran precisión y con alta fisicalidad, en que se combinan la danza teatro y la manipulación de objetos. También lo hacen con movimientos robóticos, ondulatorios y entrecortados, finamente hilados por medio del contact, el parnering y los contrapesos. La partitura dancística parece en todo momento buscar explicaciones y una receta para abandonar la estancia.

            La poética del movimiento se bambolea entre giros, cargadas, aumento de intensidades, abrazos, miradas y la dependencia entre ellos, logrando construir un péndulo contenido de cuerpos. Un reloj que traza el paso del tiempo y la fragilidad humana; una oscilación entre los extremos de la suerte: los vaivenes de la fortuna que nos mantienen entre la felicidad y la desgracia, la tortura y la muerte. Al igual que en «El pozo y el péndulo» (1842) de Edgar Allan Poe, el infortunio no radica solo en la muerte inminente, sino en la agonía de ver cómo la desgracia se acerca de manera calculada, pausada e inevitable. 









            El infortunio es una cárcel con apariencia de hogar. Tiene evidentes salidas con las que jamás coincidimos. El infortunio guarda maletas con promesas de libertad y abrigos de esperanza que no usamos. En esa casa siempre hay un viaje en pausa. Una espera que procuramos calcular o aliviar o remediar, o todas a la vez. Una pena que ahogar. El infortunio es la única oportunidad de mirar al destino a la cara, de abrazarlo y amarlo, mientras charlamos con humor e ironía. Solo entonces ubicamos la puerta de salida, caminamos hacia ella, guiados por una luz, como lo hicieron Lisard y Clémentine cuando sus siluetas a contraluz se marcharon.




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Este blog lo edita
Salvador Medina Barahona
con el apoyo de



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