UNA MASA QUE RESPIRA CON LA PALPITACIÓN DEL OTRO, COMO EN EL AMOR, LA DIÁSPORA O LA GUERRA
Soul Chain, Sharon Eyal (Alemania) / 31 de agosto de 2026, Ciudad de las Artes
Por Alex Mariscal
PRISMA–Festival Internacional de Danza Contemporánea de Panamá inició su versión número 15 de su cada vez más interesante encuentro anual para conectar a los panameños con la danza de todo el mundo. En esta ocasión, la obertura movimental que abrió el repertorio fue la pieza Soul Chain, de la compañía tanzmainz, dirigida por la coreógrafa israelí Sharon Eyal. Este excelente preludio fue presentado el lunes 31 de agosto de 2026, a las 8:00 p. m., en el auditorio Áurea «Baby» Torrijos de la Ciudad de las Artes.
Magnético, erótico y riguroso, este espectáculo se desarrolla como un ritual primitivo en el que grupo e individuo se conectan, se desconectan y se reconectan en una travesía infinita.
En efecto, los elementos altamente performativos de esta pieza empiezan con unos cuerpos elongados, perfectamente alineados y activados que, desde el primer minuto, despliegan una creciente tensión dinámica que no se agota incluso cuando el silencio en el escenario es interrumpido por los aplausos.
Otro aspecto sobresaliente de esta coreografía es la intensidad energética que despliega cada ejecutante. Ya sea que esté dentro del amasijo de cuerpos pululando como polluelos hambrientos, o como integrante de pandilla haciendo cuerpo de resistencia a sus enemigos, o también cuando se mueven en filas, siempre se conecta tan fuertemente que, ya en su conjunto podrían compararse con los soldados de élite en un desfile, donde todos se mueven como una máquina alineada a la perfección, violenta y afinada.
Asimismo, los gestos han sido diseñados con estricto minimalismo: precisos, reiterativos hasta el empecinamiento. Además, las trayectorias del movimiento explotan todas las posibilidades del escenario. Inician con líneas diagonales, de arriba derecha hacia izquierda proscenio; luego en sentido contrario; y también verticales y horizontales. No obstante, no contentos con ello, también hacen círculos o circunferencias. El punto medular es que esta dinámica obliga al espectador a mover su cabeza para poder seguir el movimiento y, desde otro sentido, tiene que ajustar sus iris para seguir mirando. Esto causa un efecto sensorial continuo en el cuerpo que observa. Dicha dinámica la reiteran con eficacia, utilizando dúos, grupos o, a veces, un solo ejecutante. En consecuencia, se crea una multiplicidad de itinerarios cargados de sentido y de signos.
Y, aunque se despliega, como principio de diseño, una estructura general rígida, de mínimos movimientos, de torso y extremidades cerrados al cuerpo, en cada ejecutante se puede percibir el jolgorio, la fogata encendida dentro de sus cuerpos; no se mueven vacíos, ni fríos, ni indiferentes.
Tanto es así que, de forma constante y alternada, al menos uno, cuando no varios, se desentiende del diseño general y deja que su cuerpo explote con movimientos más sinuosos, más grandes; mayores contorsiones; incluso abandona el ritmo regular de la música de Ori Lichtik, cuando este introduce a la partitura sonoridades de otros instrumentos. Luego, se vuelve a la marcha, al ritmo continuo de la percusión, que al ser tan regular hace que el espectador pierda la noción del tiempo.
En este sentido, la coreografía de Sharon Eyal parece doblar, elongar el tiempo y, como resultado, convierte el ritual en un trance místico; un viaje en búsqueda de un talismán perdido.
Este efecto lo logra también sobre los cuerpos, el espacio, los gestos y las trayectorias; pero, cuando la resistencia de cada uno de estos elementos está a punto de romperse, la coreógrafa, a través de los dieciocho extraordinarios ejecutantes, detiene el tiempo, lo pausa, y la estructura general rígida se convierte en juego, en farra. Entonces, cargan y lanzan a los otros al aire.
El gran cuerpo en movimiento es una masa que respira escuchando la palpitación del otro; es una masa, sí, pero Sharon Eyal también lo subjetiva, dando espacio a lo individual. En cada uno se percibe que atraviesan memorias personales, impulsos que los detonan y los llevan a salirse algunas veces del grupo. Esto demuestra que no se trata de un conjunto de robots, sino de sujetos, cada uno con personalidad propia.
Y, por último, el vestuario, de Rebecca Hytting, afirma la poiesis de lo vital, lo primitivo, la libertad. Esa semidesnudez es un elemento que contrasta con la regularidad del diseño coreográfico; pero, al hacerlo, enfatiza que no es un mero trazado mecanizado, sino de seres erotizados que acaso nos impelen a experimentar con ellos.
Es decir, este programa no describe, no explica; es un acto poético, un acto concreto de performatividad que invita al espectador a crear con los artistas cada escena. Como todo arte contemporáneo, surge de la memoria encarnada, del cuerpo-archivo, al decir de Diana Taylor; de la interacción individuo comunidad.
Ciertamente, estos dieciocho ejecutantes son cada uno como cada espectador. Es decir, Soul Chain muestra que dentro de la piel llevamos fantasmas, traumas, vicios, destinos; en una frase: esencia humana.
Por tanto, este delicioso, fascinante y complejo «soul chain» para mí es fertilidad, diáspora, guerra, sobrevivencia. Es un acto de amor, de muerte y de expansión movimental: un «big bang» corporal.



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